(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 2.12: Una Mano Siniestra.

        Hola a todos un día más.

        La historia de "El Caballero Negro y el Corazón del Bosque" encara su recta final. Os confieso que siempre disfruto más con el inicio y el desarrollo que con los desenlaces. Y esta historia tiene dos, el verdadero, que es el que sucede en Matapuercos, y el falso, que pasará en Esgembrer y dará pie a la siguiente novela corta.

        Pero bueno, vamos al lio.


"La lluvia incesante acompañó a la expedición de socorro sin que el temido fuego líquido mencionado por los leñadores hiciese su aparición. Con un goteo constante, más y más supervivientes se les iban uniendo durante su avance. Para cuando llegaron a la serrería en la cual pernoctó el paladín días atrás, ya rondaban el medio centenar y las esperanzas de encontrar incólumes al resto brillaban más que las llamas al otro lado del arroyo.

De su lugar de trabajo empero no quedaban más que hierros retorcidos y madera carbonizada. Tudorache desmontó. Mordiscos cojeaba cada vez más. Una sustancia oleosa recubría el suelo allí donde parecía haber ardido con mayor intensidad. Un olor químico flotaba en el aire. A sus espaldas, las gentes del pueblo se disponían a atender debidamente a los heridos. Los demás debían cruzar el Turbulento. Ante ellos, un roble calcinado emergía del arroyo y extendía sus ramas quebradas por la ribera. Parecía el cuerpo de un náufrago tratando de ganar la orilla. Todavía humeaba. El mal olor era especialmente intenso en sus cercanías. El joven Eulogio caminó a donde estaba.


—Fue tal y como nos advirtió —con gesto contrito le confesó—. Me lo acaba de contar mi primo.


El paladín guardó silencio. El tronco estaba manchado de una substancia hedionda, pasó la mano por encima, era una suerte de aceite que le resultaba familiar.


—Estaba en las cuadrillas de tala —siguió hablando sin dejar de mirar el fuego abrasador que devoraba el bosque más allá del arroyo—. Cuando los soldados rechazaron a las manadas de animales salvajes, fue el bosque mismo el que cobró vida. Árboles como éste sacaron las raíces del suelo y cayeron sobre ellos. Flechas y hachas no bastaban para detenerlos. Muchos terminaron con huesos rotos. Me han confirmado que al menos cuatro hombres murieron delante suyo, con la cabeza aplastada o empalados por las ramas…


El caballero se llevó la mano manchada a la nariz. El recuerdo de hombres envueltos en llamas gritando de terror lo asaltó de inmediato. Había participado en pocos asedios. Sin embargo, todos ellos le habían dejado su marca.


—Pero entonces los soldados obraron su magia —lo interrumpió Tudorache. Su voz era átona, contenida. El duro acento esgembrés la confería una cualidad metálica. El muchacho tragó saliva. Un escalofrío le recorrió la espalda. Casi podía sentir la fría ira que embargaba al paladín—. Y arrojaron contra los árboles el fuego malvanés que trajeron embotellado.

—Así ha sido —confesó el joven con la cabeza gacha y los puños cerrados—. Con esa brujería que traían consigo repelieron a los árboles. Pero no sin antes perder a uno de los suyos.

—No es brujería —lo contradijo el paladín—. Es ciencia. Es el arma que permitió a Malvan dominar el Telegureth por siglos.


Un ramalazo de rencor le hizo torcer el gesto. Veía la siniestra mano del tal Dundenis detrás de aquel desastre. El autodenominado agente del cambio, no contento con dirigir a los lugareños por un camino sin retorno, los había empujado por un precipicio.


—¿Y el resto de los soldados? Eran cinco. Uno yace herido y otro está muerto. Me faltan tres —indicó con los dedos de la mano—. Tres hombres y cinco caballos cargados con fuego malvanés.


El pobre muchacho palideció bajo la intensa ira del paladín. Mucho se habían equivocado con él. Constreñido por su recta moral y su prudencia había mantenido un perfil bajo y ellos lo habían subestimado.


—¿Dónde están? —insistió con deliberada lentitud.

—Según mi primo, al otro lado del Turbio —contestó sin atreverse a mirar a la cara del peligroso extranjero—. Dijeron que iban a vengar a su compañero. A llevar está guerra a territorio enemigo —tragó saliva antes de continuar—. Tres cuadrillas los acompañaron. ¡Pero no sabíamos lo que se proponían!


Tudorache levantó la vista en dirección al fuego. Ahora que tenía todas las piezas, comprendía lo ocurrido. Lamentablemente, el verdadero culpable estaba fuera de su alcance. Tan sólo estaba en su mano mitigar el daño causado. Los primeros valientes cruzaban el cauce del Turbulento ante sus ojos. Con mantas empapadas arremetían contra los fuegos secundarios. Los madereros, acostumbrados al trabajo en equipo, avanzaban despejando el sendero de árboles caídos. En aquellos lugares donde el fuego resistía contra toda lógica o detectaban a tiempo el olor a nafta, con palas y azadas lo enterraban.

Luchaban contra el fuego sin dejar de gritar los nombres de los desaparecidos. Llegados a un cierto punto, se abrieron en abanico. Habían identificado los ejemplares marcados para la tala. Antes eran gruesos y altos robles y hayas, perfectos para convertirlos en largos y lisos tablones. Ahora, ruinas humeantes, testimonio de la capacidad destructora de los hombres.

El tiempo corría en contra de sus denuedos. Las gargantas resecas llamaban a los suyos con voz ronca. Y aunque las fuerzas flaqueaban, un goteo intermitente de supervivientes se les iban uniendo. Unos regresaban al sendero tras lograr escapar del cerco llameante. Otros habían encontrado precario refugio en riscos y afloraciones rocosas. Un nutrido grupo, dirigidos por su canoso patrón habían resistido en una serrería levantando cortafuegos con el fruto de su trabajo y tierra apisonada.


—¡Es la ruina! —bramaba furioso y desconsolado el patrón— ¡Es nuestra ruina! ¡Vamos a colgar a quien quiera que sea el culpable! —juraba a voz en grito— ¡La ruina!


Pero no todo eran victorias en su avance. Los cuerpos abrasados de sus compañeros, irreconocibles, no tardaron en aparecer. Al principio, el aguacero disimuló las lágrimas de los esforzados hombres y mujeres que trataban por todos los medios a su alcance rescatar a sus deudos de tamaña desgracia. Para cuando escampó, ya eran nueve los oscuros bultos encontrados. 

Fue a la orilla del Turbio, casi al anochecer, donde dieron con los últimos supervivientes. El relincho de un caballo los condujo hasta ellos. Nueve leñadores contemplaban desconsolados el incendio al otro lado del agua. Tres de ellos portaban arcos. Un soldado, con el rostro hinchado y amoratado yacía en el suelo atado de pies y manos como un cordero dispuesto para el sacrificio. El olor químico de la nafta era abrumador. Entre la cortina de humo y llamas se vislumbraban las siluetas de los gigantes arbóreos. Andaban de un lado para otro sacudiendo sus ramas con la intención de sofocar el fuego. Cuando éstas prendían, se las arrancaban con un sonoro chasquido y luego las pisoteaban para apagarlas.



Al ver a los recién llegados, los leñadores los saludaron con gran alborozo. Primos y esposas corrieron al reconocerlos. El viejo patrón se abrió paso hasta alcanzarlos derrochando energía.


—¡Botarates, cabezas huecas, tochos, babiones! —gritaba con todas sus fuerzas— ¡Pero qué habéis hecho! ¡Zoquetes, que sois unos zoquetes!

—¡Don Celes, sosiéguese! ¡Qué no es nuestra culpa!—se defendieron— ¡Fueron los soldados! ¡No sabíamos lo que pretendían!


El caballero negro les dejó hacer. Un Tudorache más joven habría tratado de mediar entre ellos. Lo mismo que habría censurado al posadero por su destilería clandestina. Pero años y viajes le habían enseñado a dejar que los lugareños arreglasen sus cuitas a su manera. Al menos hasta cierto punto. Así que en cambio se avecinó al caballo superviviente. Era un hermoso alazán de pelo oscuro con manchas más grises que blancas. Aunque también podía ser ceniza, la luz menguaba. De figura ágil y esbelta, era un ejemplar digno de un explorador avezado. Fue hacia él de frente y le acarició el morro. El animal apreció lo amistoso del gesto y piafó complacido. Entonces el paladín pudo abrir una de las alforjas que cargaba. Ambas conservaban su carga alquímica. Con sumo cuidado extrajo una de las botellas que contenían. Era de arcilla cocida para preservar la mezcla inflamable de la luz. Tenía forma redondeada. Tudorache se maravilló por el fino detalle con que imitaba al fruto de la granada. Incluso la habían coloreado. 


«Tanto esmero para algo destinado a ser arrojado y roto en mil pedazos.»  Pensó el esgembrés.


Un repentino ruido de pelea llamó su atención. El ursino Castaña acababa de propinar una patada en las costillas del soldado. Éste, atado e indefenso, rodó por el suelo. Tierra y ceniza componían el barro en que se rebozó.


—¡Propongo terminar con ésto aquí y ahora! —barbotaba. 


La cara tiznada, los ojos muy abiertos y la mueca cruel le daban el aspecto de un verdadero demonio. En su mano brillaba un cuchillo de monte. De hoja recta. Largo y afilado. Ideal tanto para librarse de los matorrales y ramas que les salgan al paso, como para desollar un conejo, o llegado el caso, para degollar a un hombre.


—¡Tío que te pierdes! —protestó el joven Eulogio. 

—¡Hazlo, Quino! —otros, los menos, lo jaleaban— ¡Acaba con él!


La mayoría contemplaba la escena entre horrorizados y fascinados. Se mascaba la tragedia. El paladín no tenía motivo alguno para simpatizar con el cautivo. Pero todo su ser lo empujaba a impedir la justicia de la turba. Aquella era una línea que no estaba dispuesto a permitirles cruzar. Una carga sobre sus conciencias que no les deseaba.


—¡Apártate, Logio! —le estaba ordenando el Castaña a su sobrino, cuando el paladín se le sumó.

—No quieres hacer eso —lo interrumpió Tudorache mientras hacía malabares con un par de granadas de arcilla.

—O sí. Sí que quiero —cambió él varias veces de mano el cuchillo con rapidez.


Hasta que se dio cuenta de lo que el caballero negro estaba manipulando despreocupadamente. Entonces retrocedió espantado. Él y todos los demás. Sin una mecha y mientras las mantuviera intactas no había peligro alguno. Pero contaba con el temor supersticioso de quienes nunca antes habían tenido que ver con aquel producto del conocimiento y la desesperación humanos.


—De acuerdo —medió Don Celes con las manos abiertas—, usted gana. Deme esas aberraciones de Khuzkazar.

—Entregarán al cautivo a los alguaciles reales de las Barzas.

—Sea —aceptó el patrón.

—Esos lo soltarán —bufó Quino sin bajar el cuchillo.

—Éso ya lo veremos luego—le gruñó Don Celes—. Pero tú ahora enfunda lo tuyo. Que yo lo vea.


A regañadientes, el hombretón obedeció. El paladín lo imitó y dejó las granadas en manos del patrón, quien las recogió con evidente repugnancia. Estiró todo lo que pudo los brazos para alejarlas lo más posible de su cuerpo y con sumo cuidado las devolvió a las alforjas. No contento con ello, se arrodilló junto al Turbio y se lavó las manos. El resto de los congregados respiró aliviados. Con la noche encima, nada más podían hacer. De manera que volvieron sus pasos de regreso al otro lado del Turbulento, donde los esperaban ancianos y niños en su improvisado campamento de carros.

Apenas regresaron, las familias reunidas se fundieron en lloros y abrazos. Había al menos trece muertos confirmados y otros quince desaparecidos. Además de los tres soldados muertos. Contaban también con diez heridos de diferente consideración. 

Lorena, ayudada por un par de mujeres, los atendió lo mejor que pudo. El soldado Joaquín descansaba. La fiebre le había bajado. Al verlo, el otro infante de marina escupió al suelo.


—Cobarde —lo despreció, por lo visto, no todos habían estado de acuerdo.


Conrado iba de un lado para otro asegurándose de que todos tuvieran lo necesario. Ya fuese refugio, ropa seca o comida caliente. Amelia y Ramiro removían un potaje de gachas y tocino que el alcalde Pascual, hombre previsor, les había hecho llegar en un último carro.

Antes de permitirse descansar, el paladín quiso asegurarse de que no se perdieran más vidas en esa infausta jornada. Nunca había tenido interés por los caminos de la rama sanadora de su orden. Su especialidad siempre había sido la opuesta. Pero la necesidad obliga mucho más que la nobleza. Y lejos de los suyos había comprobado la utilidad de dichas artes. No obstante, le resultaba extremadamente fatigoso. Había quien sabía curar tan sólo canalizando el poder de su divinidad. Él no. Él debía entregar su propia vitalidad a cambio de sanar a los heridos. Para cuando terminó de estabilizar a aquellos a quienes Lorena se había visto obligada a desahuciar, él mismo necesitaba apoyarse en la sanadora para andar. Respiraba por la boca para no ahogarse cuando ella lo recostó, medio incorporado, contra la carreta de Amelia. Su pecho subía y bajaba como el fuelle de una fragua mientras la mujer le daba de comer una cucharada tras otra de gachas.

Entregarse a tal extremo era algo impropio de él. Experimentar tamaña debilidad era algo que siempre había evitado. Sin embargo, mientras permitía que la sanadora lo cuidase, un sentimiento cálido lo confortaba. Más aún cuando ella le sonreía sin importarle las miradas que atraían, ya fueran éstas de Conrado, o de cierto zorro de ojos ambarinos."


Y hasta aquí llega la entrega de hoy. En fin, todos los paraísos tienen su serpiente, y en cada manzana medra un gusano. Yo en Ital tengo al desalmado Dundenis. Os dejo con los Blind Guardian y su "Mordred´s Song":



Nos leemos.





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