(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 2.6: Una Tierra sin Dioses.

         Hola a todos.

        Aquí estoy de vuelta con una nueva entrega de las fatigas de nuestro amigo Tudorache por tierras henaryas. Y ya de paso aprovecho y le pongo cara con una de esas aplicaciones de IA. Los resultados no son perfectos, pero así adorno las publicaciones en las RRSS.

Una vez que tanto el espléndido carruaje, como el grueso de los leñadores se perdieron de la vista, Tudorache el Descarriado se permitió al fin una comida caliente en la posada. Tenía mucho de qué hablar con sus dueños y con el alcalde del lugar. Ya que no había logrado que los aldeanos dejaran en su empeño, estaba decidido a minimizar los daños.

Al entrar en la posada le sorprendió encontrar allí al manco con un cubilete de aguardiente en la mano sana. Por el tono sonrosado de sus mejillas, o era muy mal bebedor, o se había bebido de buena mañana el todo el contenido de la botella que tenía ante sí. A su lado, mucho más sereno estaba el alcalde con su grueso fajín azul y verde anudado a la cintura. La nota discordante en el ambiente la ponía el enjuto posadero, de rostro alargado y patillas entrecanas, que con parsimonia se secaba las manos nudosas en un paño gastado mientras decía:


—Conrado, pienso que ya has bebido más que suficiente por hoy.

—¡Menudo comerciante estás hecho! —ronco de forzar la voz la víspera se mofó el manco— ¡Negar la mercancía al cliente sediento!


Rotando los ojos cansados como única respuesta a las risas de ambos, el hombre estiró el brazo fibroso para alcanzar otra botella de licor, abrirla con un sonoro «pop» y dejarla a su alcance.

Hambriento, el esgembrés se sentó en una mesa apartada. Al poco se acercó solícita lal posadera, una mujer madura de facciones redondas y amables. Un pañuelo blanco, a juego con el delantal, le recogía los rizos morenos y rebeldes. Enseguida tuvo el caballero ante sí una humeante escudilla con gachas de avena y tocino. Era fácil adivinar de qué cocina habían salido las viandas del festejo. Estaba rebañando los restos con pan de una gruesa hogaza, cuando con la precisión de un reloj enano llegó un tazón de leche cremosa todavía caliente.

Entre tanto, el notable, visiblemente perjudicado por la ingesta alcohólica, no había perdido ocasión de mostrar su hostilidad al paladín. Éste por su parte no respondía a sus provocaciones. Para él apenas suponían un leve fastidio. En el fondo era lástima lo que sentía hacia él tal Conrado. En él no veía otra cosa que a un hombre desbordado por eventos fuera de control. Alguien necesitado de un culpable en el que volcar su agresividad para apartar a un lado el miedo a que su mundo se venga abajo. No, no sería contra un individuo semejante contra quien blandiese el martillo de su hermano. Tal cosa sería mancillar su memoria. De manera que lo ignoró y sin perder la compostura entabló conversación con la posadera:


—Excelente almuerzo, justo lo que más echo de menos en el camino: un buen plato caliente.

—¡Adulador! —protestó ella sonriendo.

—Para nada, para nada —se disculpó él—. Pero hay algo que me gustaría saber.

—¿El qué? —contestó, se la veía intrigada.

—En ésta y otras peregrinaciones me ha llamado la atención la escasez de templos o monasterios en la región…

—¡Esta es una tierra sin dioses! —vociferó pese a la ronquera Conrado, para luego atragantarse el sólo y toser.

—Entonces —continuó el paladín—. ¿No contáis con sanadores en la comarca?

—¡Sanadores! —volvió el borrachín a la carga en cuanto recuperó el resuello— ¡Esclavizadores los de la Espada y explotadores los del Libro! ¡Esos son los dos tipos de sacerdotes que hemos conocido! —y tras escupir en el serrín del suelo añadió con fiereza— ¡A los unos los expulsamos con acero y sangre! ¡Y los otros nos abandonaron en cuanto vieron la sombra de Magalatoz!


Aquello no era del todo cierto, pero tampoco había ganancia en contradecirlo, así que Tudorache insistió:


—¿Y mujeres sabias? Comadronas, parteras, herboristas… —las enumeró.

—Por supuesto que sí —se rio la posadera—. De esas tenemos una en cada familia. No nos queda otra.

—Y ese repentino interés —intervino el alcalde apurando el licor de un trago y posando su cubilete con suavidad sobre la barra—. ¿A qué viene? ¿Hay algo que nos quiera decir el señor caballero? Hágalo pues y le escucharemos.


Lo miraba con los ojos cansados de quien esperaba recibir malas noticias. Pero no había ni hostilidad ni suspicacia en su voz. Simplemente daba muestras de adivinar el motivo por el que el paladín seguía en el pueblo y le daba pie a que lo dijese a las claras. Tudorache el Negro le agradeció la gentileza con un asentimiento y satisfizo su demanda.


—Pienso que pronto les harán falta. 

—¿Pronto? ¿Cómo de pronto? —aceptó sin más su aseveración.


El caballero penitente se tomó su tiempo antes de contestar. Al menos una jornada para llegar a su lugar de trabajo, otra para preparar las serrerías, lo que tardasen en dañar los árboles del otro lado del arroyo… caviló pesaroso mientras cuatro pares de ojos lo miraban fijamente. Incluso Conrado guardó silencio, la mueca burlona reemplazada por un serio semblante.


—Cinco o seis días —dejó que la idea calara—. Si en seis días no pasa nada, aceptaré que estoy equivocado y el séptimo seguiré mi camino. Hasta entonces ayudaré a limpiar las cuadras de la posada y prepararlas para acoger a los heridos.

—¿Las cuadras? —arqueó una ceja con desaprobación el posadero, que hasta entonces no había mostrado interés por la conversación.

—Si es necesario, yo mismo pagaré la renta por su uso durante estos seis días, además de una habitación—lo tranquilizó el paladín.

—Es su dinero —se encogió de hombros, aunque se le veía complacido por la idea.

—Entonces tal vez convendría avisar a Lorena —propuso la posadera.

—No me jodas, Amelia —resopló Conrado antes de darse la vuelta y salir del local con la manga vacía del brazo izquierdo colgando lacia.

—Hemos tocado una fibra sensible —comentó sorprendido el esgembrés.

—Sí, sí que lo hemos hecho —apostilló levemente divertido el alcalde.

—¿Y la tal Lorena es…?

—Una mujer sabía, de esas que mencionó usted antes —sin ocultar una sonrisa maliciosa siguió la broma mientras se recolocaba la faja verde y azul.

—No seas así, Pascual —lo amonestó la posadera—. Lorena es la que más sabe de hierbas y emplastos en la comarca.

—Pero no supo curar el brazo a Conrado…

—¡Sí que supo! —lo contradijo ella— ¡Fue él quien se negó a descansar!


Era evidente que había topado con una de esas historias locales con la capacidad de levantar pasiones y dividir a los lugareños en bandos irreconciliables. No obstante, en cuestión de días iba a necesitar toda la ayuda posible, así que pidió que le indicasen el camino al domicilio de la curandera y los dejó discutiendo.


Y hasta aquí llega la entrada de hoy. En su momento me pareció una historia sencilla de contar, hasta que empecé a ver huecos que me pedían rellenarlos.

En fin os dejo con los Nightwish y su "The Crow, the Owl and the Dove".


        

Elegid sabiamente.

Nos leemos.

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