(Charlas con los lectores) Civilizados como los animales.


Hola a todos.

El caso es que llevo unos días rumiando una serie de ideas a cuenta de lecturas y conversaciones, y al final me he decidido a volcarlas en esta entrada.

Empezaré por el detonante: la prensa local se hizo eco de un nuevo descubrimiento vinculado al yacimiento de Atapuerca (Burgos): pruebas de canibalismo infantil en los homínidos de hace 850.000 años. Al comentar esta noticia con los amigos, surgieron una serie de interrogantes:

  • ¿Fue un caso aislado debido a una hambruna o una práctica recurrente?

  • ¿Era la víctima miembro del grupo o no?



En “Caníbales y Reyes”, el antropólogo Marvin Harris pone de manifiesto que en los grupos de cazadores recolectores es frecuente encontrar prácticas de aborto químico o mecánico e incluso de infanticidio por negligencia destinadas a mantener una densidad de población baja. De ahí la importancia de determinar, si fuera posible, la respuesta a ambas preguntas.

Además, los restos fueron manipulados para sorber hasta el tuétano. Lo que nos llevó a preguntarnos:

  • ¿Fue una comida ritual compartida con todo el grupo? ¿Un funeral, como los descritos por Ibn Falan/M. Crichton en “Los devoradores de cadáveres”?

  • ¿O una medida desesperada en tiempos de hambruna?

Tiempo después he visto publicados unos resultados de los análisis efectuados a los restos y parecían concluir que los devorados no pertenecían a los mismos grupos familiares que los devoradores. Lo que me lleva a sugerir la hipótesis de que el “banquete ritual” bien pudo servir para “repartir la culpa” entre toda la comunidad. Una práctica similar a la empleada en la actualidad por el crimen organizado cuando obligan a sus integrantes a “mancharse las manos” para demostrar su compromiso y cohesionar al grupo. Lo habréis visto mil veces: aceptar “regalos”, empezar de recaderos, pasar luego a participar en hurtos y más adelante cometer delitos de sangre.

Todo esto no deja de ser una de mis elucubraciones, pero pienso que puede dar pie a un par de relatos de temática tipo horror rural y similares. 

También me resulta imposible no asociar estas investigaciones al profuso folclore europeo sobre secuestros y cambios de niños por parte de criaturas cuya existencia se desarrolla al margen de la esfera humana “civilizada”. Algo así como la exogamia forzada que se observaba entre indios de las praderas y sus asaltos a los asentamientos de los indios pueblo para secuestrar a mujeres y niños.



Umm Jirsan. Registro óseo estimado de 7.000 años.


El precedente más antiguo que se me ocurre es el de nuestras viejas competidoras: las hienas. Durante milenios, los homínidos primitivos tuvieron que vérselas con versiones de pesadilla de las hienas actuales. Más grandes y mejor adaptadas a la oscuridad, compitieron con nuestros antepasados por el control de los mismos espacios y recursos, llegando incluso a amenazar la supervivencia de nuestra especie. Es fácil ver en ellas el origen de los cinocéfalos medievales, precursores de los gnolls del viejo D&D.



De hecho, lo que hoy sabemos de ellas alimenta aún más su siniestra reputación. Por ejemplo, se organizan en manadas matriarcales con una jerarquía basada en el número de descendientes que cada hembra ha aportado al grupo. Hasta aquí bien; lo malo viene cuando, pese a proteger a los cachorros en cuevas (refugios naturales disputados a los primitivos humanos), su índice de mortalidad es inusitadamente elevado. Por lo visto, estudios actuales apuntan a que las hembras de mayor edad, para proteger su estatus dentro de la manada (primeras en comer), devoran a las crías de las hembras más jóvenes y fértiles. Sin duda recordaréis la conjura del harén de Ramsés III o historias similares.

Admito que esta asociación descarnada entre jerarquía social y cadena trófica suscita en mí ideas bastante pesimistas sobre nuestra manera de actuar. Ya me lo habréis leído en otras ocasiones. Esa incómoda certeza de lo diferente que es nuestra actitud cuando al otro lo consideramos nuestro igual (manada), o en cambio lo vemos como un inferior (comida) o un intruso (amenaza).



A fin de cuentas, lo justifiquemos con un tipo de discurso u otro, las sociedades humanas tienden a organizarse de forma piramidal, con los integrantes de la cúspide beneficiándose (alimentándose) de los esfuerzos de la base formada por los feligreses, afiliados, compatriotas, camaradas, conciudadanos… da igual cómo nos llamen.


Todo esto explica (en parte) que resulte tan fácil a determinados individuos azuzarnos a unos contra otros (igual que esas disputas por el liderazgo observadas entre grupos de chimpancés que en casos extremos llevan a la escisión y el exterminio de los partidarios del líder derrotado). Lo que, a su vez, me incita a reflexionar sobre la fragilidad de las construcciones sociales, entre ellas las mismísimas civilizaciones. En esta otra obra, escrita con el miedo a la pandemia en el cuerpo, su autor nos propone una serie de parámetros y señales de alarma:


Enric H. Cline, "Después de 1177 a. C.: La supervivencia de las civilizaciones".

Admito que esta lectura me trajo a la memoria aquella edición de “La Rebelión de las Masas” de 1921 que leí en la universidad y sus advertencias sobre el futuro que le aguardaba a la sociedad española de la época.


Bueno, me despido por hoy, os dejo con Roberto Carlos y su “Yo quisiera ser civilizado como los animales”:



En serio, la verdad es que sería estupendo que disparar fuera pegar una patada a un balón, pero…

Nos leemos.


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