(Ital el JDRHM) Criaturas y Leyendas 13. En el fondo del pozo.
Hola a todos.
Hoy comparto con vosotros otra aventura de mi versión particular del caballero negro. Este relato en concreto fue seleccionado para formar parte de la "Antología del I Concurso de Relato Fantástico El Ojo de Grímnir".
"El cazador de monstruos se revolvió inquieto en el lecho de paja maloliente. Su juventud y vigor se esforzaban por sanar los múltiples cortes y contusiones que lo atormentaban. Gracias a años de entrenamiento y experiencia la mayoría de las heridas eran defensivas. La verdad, lo que más le dolía era el orgullo.
Estaba a oscuras, en el fondo de un pozo que olía igual que una letrina. No descartaba que, antes de encerrarlo en él, ese fuera su uso. Aunque lo más probable es que fueran las heces de prisioneros anteriores el origen del hedor sofocante que impregnaba el aire. Impuso su voluntad sobre el dolor y se incorporó. Las impurezas del collar de hierro le rozaban la piel. Intentó moverlo de manera que no le escociera tanto y las cadenas que unían las muñecas tintinearon.
Miró hacia arriba. Apartó de los ojos el pelo moreno, sucio y apelmazado. No podía verla, pero sabía que una pesada laja de piedra taponaba la salida. Las pocas veces que sus captores la habían apartado a medias había sido para descolgar un cubo herrumbroso con unas gachas aguadas.
Definitivamente, no podía decirse que aquellas bestezuelas subestimaran a su prisionero. Todo lo contrario de lo que había hecho el caballero penitente.
El ruido de la piedra al ser arrastrada le trajo de vuelta a su precaria situación. Crecido por el éxito de su anterior peregrinaje, respondió a la petición de auxilio que una comunidad aislada de carboneros remitió a su Orden. Los aldeanos vivían de producir carbón vegetal. Acumulaban madera y la carbonizaban en hornos excavados en el suelo. Por un momento, al caballero se le pasó por la cabeza que tal pudiera ser el origen de su actual calabozo. Cuando los encallecidos hombres de frontera le informaron del origen del peligro, el paladín no dio crédito a sus palabras. Algo de lo que llevaba días arrepintiéndose.
Para su sorpresa, en vez de una rendija por la que descolgar el cubo de gachas, los gribzs que lo mantenían prisionero retiraron la laja casi del todo. La luz inundó el pozo y cegó al joven, que entrecerró los ojos y ocultó el rostro sin afeitar tras sus manos encadenadas. Las chillonas carcajadas de sus captores lo enfurecieron. Se contuvo a duras penas, repitiéndose que no era el momento. Un grupo de bestezuelas de piel entre verde y amarilla y cabeza de sandía, armadas con lanzas, lo arrinconó contra la pared. En tanto que dos de ellos deslizaban una escalera de aspecto tosco, pero sólida. Primero bajaron por ella dos de los lanceros. Al contrario que los desnutridos especímenes con los que estaba acostumbrado a luchar, estos estaban bien alimentados. Del mismo modo, en lugar de las armas desechadas por las castas superiores, aquellos gribzs empuñaban lanzas y escudos decentes. Las bestezuelas seguían sin llegarle a la cintura, pero tampoco se movían agazapadas, con ese aire furtivo propio de perros apaleados. Tras ellos iba un ejemplar fibroso y de mirada astuta. Ceñía un buen cuchillo de caza al cinto y portaba arco y flechas. El prisionero reconoció los proyectiles. Eran los mismos que derribaron a su montura en el bosque donde se dejó engañar. Divisó desde lo alto un claro y en él a un grupo de bestezuelas cabezonas. Confiado, se abalanzó sobre el cebo y disparó la trampa que le habían preparado. Daba prueba de su participación en la emboscada las botas y los cueros que vestía. Antes le habían pertenecido al caballero negro.
Al poco bajó, torpe y resoplando, otro guerrero. Estaba claro que nunca había llevado puesta una armadura como la que le cubría los hombros. El arquero le dedicó una mueca desdeñosa al recién llegado. Parecía un niño disfrazado con la ropa de su padre. Al paladín le habría hecho gracia de no haber sido su coraza y sus grebas las que tanto estorbaban al gribz que, todo ufano, le dedicó una sonrisa burlona apuntándole con su martillo. En respuesta, el joven caballero amagó con atacarlo, pero los lanceros reaccionaron con rapidez y lo obligaron a retroceder. El arquero en cambio se limitó a contemplarlo igual que a una fiera enjaulada, midiendo sus capacidades. Durante el breve tumulto, un último trasgo de grandes orejas y nariz ganchuda había bajado la escalera. Las demás bestezuelas se hicieron a un lado con temerosa deferencia. Incluso en su estado de esclavitud bajo el dominio de las restantes castas guorzs, los chamanes solían ser los líderes de los gribzs. Eso no había cambiado allí. Gordo y cubierto de tatuajes azules, con múltiples collares de hueso colgados del pescuezo asomando bajo la flácida papada, la criatura patizamba se acercó al paladín y lo miró con insolencia. El cráneo de un ave rapaz le servía de yelmo y una capa de plumas de águila le colgaba a la espalda. Con una risa aguda, que las demás bestezuelas, menos una, se apresuraron a secundar, se arropó con ella para que el prisionero la viera bien. Eran las plumas de Aguerrida.
Entonces, la furia por la que se había hecho famoso lo embargó. Sin detenerse a pensar golpeó en toda la boca al chamán usando las mismas cadenas que lo aprisionaban. Los lanceros se abalanzaron sobre él. Lo mismo que el guerrero con su armadura. El chamán retrocedió con la mano en la cara, sangraba profusamente, los labios partidos y algunos dientes rotos. El prisionero ya había conseguido atrapar una lanza con sus cadenas cuando sintió un leve pinchazo en el costado, a la altura del riñón. Era el arquero, que lo conminaba a desistir. No sabía cuándo ni cómo, pero se había colocado a su espalda. Con un gruñido, el joven dejó caer los brazos. Momento que aprovechó el otro gribz para golpearle en el vientre con su martillo. Dolorido, el caballero negro cayó de rodillas sobre el lodo para regocijo malsano de sus captores, quienes se retiraron para dejarle a oscuras con su miseria. Ese día no le bajaron las gachas malolientes que tenía por único sustento.
Aislado, los amortiguados sonidos del campamento no le servían de orientación. Era como si hubiera un trasiego continuo sin importar que fuera de día o de noche. Tras una espera interminable, descolgaron el cubo. Él lo recibió con ansia, metió las manos sin ningún decoro y se llevó la magra comida a la boca. Todavía se estaba chupando los dedos, cuando tiraron de la cuerda y, para su sorpresa, deslizaron la rústica escalera. Receloso, el prisionero se agazapó en la esquina opuesta del pozo. Por el espacio abierto en su cúspide vio que era de noche. Lógico que le fuese imposible saber cuánto tiempo llevaba preso. Arriba, unos cuchicheos delataban un intercambio de pareceres. Al cabo de un momento, la discusión cesó y el gribz arquero hizo su aparición escoltado por otro lancero. El explorador le dedicó una mirada calculadora al joven prisionero. Intrigado, este se puso en cuclillas, quería ver bien a su captor. El gribz se acercó cauteloso, igual que si el humano fuera un perro encadenado del que desconfiase. Al cabo de un rato, tanteó un zurrón gastado, sacó un pedazo de pan duro y se lo lanzó. Anonadado, el paladín casi lo dejo caer. Era pan negro, de centeno, robado sin duda, igual que todo lo que les había visto. Menos la mayoría de las armas, rudimentarias pero sólidas, esas sí que parecían fabricadas por ellos, Correoso y revenido, su hambriento estómago, privado durante días de comida sólida, le dio la bienvenida lo mismo que si fuera un manjar. Sin más, el arquero asintió complacido y se marchó.
La extraña conducta se repitió en varías ocasiones. Siempre de noche. Cada vez se veía más confiado a su captor. El joven no entendía qué tramaba su benefactor. Algo quería de él. Eso no lo dudaba. Pero tampoco alcanzaba a comprender por qué no habían acabado ya con él y se habían dado un festín con su carne. Lo que sí estaba claro era que, sin la presencia del resto de las castas guorzs, el comportamiento de los esclavos había cambiado.
Habría pasado una semana cuando el arquero lo sorprendió de nuevo. Durante sus visitas previas se había limitado a observarle calculador. Primero escoltado por el mismo lancero de gesto desconfiado. Luego él sólo. Siempre en silencio, paciente, rumiando sin duda extrañas ideas en la cabeza mientras el prisionero le devolvía el mismo interés cauto. Hasta que la voz aguda y ceceante del gribz rompió la rutina instaurada entre ellos.
—Ztraker —dijo hinchando el pecho fibroso y levantando la barbilla—. Ztraker derribar Azecino Alado —insistió imitando que tensaba el arco.
No había una pizca de arrepentimiento en el arquero. El joven Asesino Alado se limitó a afirmar con la cabeza. Había reconocido las flechas de su carcaj el primer día que lo vio. Henchido de orgullo, Ztraker tomó una de ellas y empezó a dibujar en el suelo húmedo del pozo sin dejar de hablar. Pese a la luz de la luna azul, al caballero le costaba seguir los trazos. Sin embargo, no dejó de apreciar la fluidez y delicadeza de los esquemáticos bosquejos.
»Groblit —parloteó el arquero mientras dibujaba a un gribz con una capa de plumas—, arrebatar manjar y trofeo a Ztraker.
«He aquí el origen del problema entre el chamán y tú», pensó el paladín guardando silencio.
»Groblit retener cazta lejoz de pozoz de cría—continuó dibujando dos grupos de gribzs separados por ríos y montañas—. Zonrozadaz zolo carne, no criar, no valer.
Un escalofrío recorrió la espalda del caballero negro. Por un momento había olvidado el impulso primordial que sus creadores de más allá del vacío entre estrellas grabaron en los guorzs: alimentarse de toda otra forma de vida y reproducir la propia. Aún así, podría ser peor. La unión entre miembros de la casta forqz y seres humanos sí que podía ser fértil. Rechazados por ambas partes, el destino de aquellos infortunados nunca era amable.
»Azecino Alado matar Groblit, cazta marchar y Ztraker dar huezo que zuena a Azecino Alado —terminó su monólogo el arquero para después sacar de debajo del jubón de cuero la cadena dorada y el silbato de marfil tomados como trofeos.
El paladín se irguió cuan alto era, tenso cual cuerda de arco, pero el pequeño gribz no se arredró, en lugar de ello sonrió ladino. El prisionero había reaccionado tal y como esperaba.
»Groblit poderozo —siguió explicando—. Groblit mandar zobre Naractme. Azecino Alado cazar jinetez de jaburi, derrotar gigante de roca y ahora matar Naractme.
El aludido se relajó y se permitió una risa apagada. Por lo visto se había ganado toda una reputación entre aquellas criaturas. Intrigado, observó a Ztraker dibujar en el barro hediondo otra vez. Antes de irse, el gribz señaló un último esbozo formado por un círculo del que salían ocho rayas dobladas, y repitió:
»Matar Naractme y cazta marchar.
«Con que de eso se trata. Me quieres para matar un monstruo», reflexionó el paladín tragando saliva, el corazón palpitando acelerado, la adrenalina volviéndole a correr por las venas ante la perspectiva de una vía de escape.
Encerrado con sus pensamientos, las siguientes jornadas se le hicieron eternas. El artero conspirador no volvió a visitarlo. Aunque el cubo siguió bajando regularmente. Incluso su contenido experimentó una mejora. El engrudo de gachas aumentó en cantidad y consistencia. Por primera vez desde su captura, el hambre y la debilidad no fueron un problema. Resultaba evidente que necesitaban a su cazador de monstruos en un estado aceptable.
Fue sobre primera hora de la tarde, cuando retiraron la laja al completo. La luz vespertina inundó el pozo y el joven preso tuvo que proteger los ojos ante su resplandor. Un nutrido grupo de lanceros chillones lo amenazó con sus armas para que se alejase, y deslizaron la escalera. Por ella bajaron los dos conspiradores, junto a otro lancero, el fornido gribz con el martillo y la armadura robada al caballero y el chamán obeso, Groblit, con la capa de plumas y el cráneo de Aguerrida a guisa de casco.
A este último una cicatriz fresca le cruzaba la boca, recuerdo de su anterior visita al pozo, y le dedicó al paladín una mirada resentida cargada de veneno. Sin embargo, un brillo malicioso asomaba a sus ojillos negros.
—Krugha venir —le anunció como si el preso supiera de quién le hablaba—. Azecino Alado perzeguir Krugha una y otra vez y fallar —se regodeó lamiéndose los labios partidos—. Cazta gribz capturar Azecino Alado y ahora Krugha recompenzar cazta.
«Así que Krugha. Ese es el nombre de la mala bestia que llevo años persiguiendo y vas a entregarme envuelto en papel de regalo». Se envaró el joven al entender lo que el chamán pretendía hacer con él.
»¡Lanzaozcura reunir horda de nuevo! ¡Caztaz guorz devorar zonrozaoz dezde la montaña al mar! —chilló exultante alzando los brazos enclenques al cielo— ¡Yabaçamur regrezar y dezenterrar zol que no quemar!
«Yabaçamur». La mención de aquel nombre desconcertó al caballero negro. Ya lo oyó invocar en los Marjales y nadie supo explicar a quién se refería. Tanta sangre derramada y no habían aprendido nada de sus enemigos.
Tras el chamán, Ztraker y su aliado intercambiaron miradas de desdén. No compartían las gloriosas visiones de Groblit. Ellos sabían el lugar que les correspondía dentro de la horda: mano de obra esclava y carne de cañón. Por el contrario, el otro lancero contemplaba con temor reverente a su líder, mientras que el guardaespaldas acorazado babeaba con deleite ante el banquete de carne humana que se le prometía. Hasta que, sin previo aviso, el explorador rajó limpiamente la garganta del corpulento guerrero. Este se despatarró de sopetón sin llegar a saber quién lo había matado. Al momento, el otro conspirador noqueó al segundo lancero de un golpe en la cabeza con el hasta de su arma. El chamán, sorprendido, se volvió para ver qué pasaba. Sin darle tiempo ni para respirar, Ztraker le propinó una patada en la barriga que le mandó directo a los brazos del prisionero. Este lo atrapó al vuelo y rodeó su cuello con la cruda cadena. Cerrando los ojos inspiró el familiar olor de su montura perdida. Sintió una añoranza intensa, seguida de una sensación de pérdida, luego hizo fuerza y zarandeó al rollizo chamán igual que haría un perro de presa con una rata gorda. Aterrado, Groblit pataleó sin fuerza, ni aire en los pulmones. Indefenso ante la agresión del humano, evacuó el vientre sin poder contenerse antes de que le quebrase el cuello y lo tirase de bruces al suelo embarrado.
—¡Priza! ¡Priza! —chillaban los conspiradores mientras tanto.
De arriba llegaban también sonidos de lucha. Un lancero cayó al pozo de mala manera y se partió el espinazo. El prisionero no tenía manera de saber si se trataba de un conspirador o no. El cabecilla de la revuelta ni lo miró. En vez de eso, registró el cinturón del guerrero muerto. Al cabo de un rato encontró lo que buscaba: Un manojo de llaves.
—¡Gachar! —ordenó al humano.
Al ver que este rehusaba y le tendía la mano pidiendo algo, Ztraker bufó impaciente y le lanzó el inútil reclamo de su montura. El joven lo cogió con ambas manos y se lo colgó al cuello, sólo entonces se acuclilló. Si la sabandija traidora iba a apuñalarlo, al menos moriría en posesión del símbolo de su rango. Entre tanto, el conspirador se ensañaba abriéndole las tripas al cadáver del chamán.
—¡Priza! —chillaban desde arriba— ¡Priza! ¡Ztraker!
Ztraker resopló exasperado, el desquite con los restos de Groblit evaporado en un instante y liberó de sus cadenas al paladín.
—¡Tar queto! —le ordenó al ver que se incorporaba.
Antes de que este protestase, mojó los dedos en la sangre del chamán y con los trazos ágiles y precisos que le eran propios dibujó algo en la frente y las mejillas del humano. El caballero no necesitó un espejo para saber que ahora lucía en la cara el glifo de Naractme. Perplejo ante el inesperado honor, el joven se puso en pie.
—Elegir armaz —le dijo señalando las piezas de equipo desperdigadas por el pozo.
Lo primero que recuperó fue el martillo de su hermano. Después miró largamente su armadura. Obra del mejor armero del reino, había costado una fortuna. Pero sin montura, y en medio de no sabía donde, su peso sería más un estorbo que una ayuda. Así que despojó al chamán de su capa de plumas y su cráneo de águila, al guerrero de su cinturón y sus botas y a un lancero de su holgada túnica y su escudo redondo. Para cuando terminó estaba solo en el pozo. Se apresuró a trepar por la escalera y, una vez fuera de su prisión, pudo ver el campamento gribz.
Se trataba de un grupo heterogéneo de chozas circulares de adobe con cubierta vegetal distribuidas de forma aleatoria en torno a un tótem central tallado con múltiples formas arácnidas y la que supuso que sería la casa del chamán. Al carecer de núcleos familiares, ignoraba qué lazos podían unir a los gribzs que compartían techo. Tal vez fuese algún tipo de logia guerrera. El paladín no lo podía saber. Rodeado de bosques empantanados, los gribzs habían emplazado su asentamiento sobre una suave colina. Pero no habían sido los primeros en llegar. A un lado todavía se veía el esqueleto calcinado de una granja. Una deteriorada cerca lo circundaba y al otro lado se oían los balidos nerviosos de un rebaño. Levantó la vista y suspiró aliviado al ver la familiar silueta del Trono de Tormo. Con la montaña como punto de referencia podía orientarse y regresar por donde había venido.
La lucha entre los partidarios del explorador y los del chamán había terminado. Los conspiradores habían vencido y ahora llevaban a sus adversarios al borde del pozo para que vieran lo que les esperaba. A los muertos de uno y otro bando los desnudaron y los arrojaron junto a los cadáveres de Groblit y sus guardaespaldas. El contingente al completo no debía llegar al centenar. Tras lo ocurrido, serían en torno a setenta u ochenta gribzs. Todos en edad de portar armas. Ningún niño o anciano.
—¡Cazta o carne! —les dio a elegir el arquero rodeado de los suyos.
—¡Cazta o carne! —coreaban los vencedores aporreando sus escudos, y también a alguna cabeza demasiado alta de entre los prisioneros.
Los derrotados, temblando y gimoteando igual que perros apaleados, imploraban de rodillas:
—¡Cazta! ¡Cazta!
Muchos, tanto de uno como de otro bando, miraban de reojo al humano. Todos reconocían la capa de plumas y el casco de hueso, lo mismo que el sanguinolento glifo que le surcaba la cara. Era una visión temible: magullado, mugriento, maloliente, el pelo moreno y la barba largos y sucios, parecía más un bárbaro danco que un caballero esgembrés.
—¿Y Azecino Alado? ¿Azecino cazta? —protestó suspicaz uno de los derrotados, llevándose un coscorrón por su atrevimiento.
—Azecino necezario —contestó Ztraker en tono seco para acallar un incipiente murmullo de descontento.
El joven paladín permitió que una sonrisa lobuna asomase a sus labios. Asesino Alado cada vez le sonaba mejor. Entonces un grito de alarma interrumpió la escena.
—¡Naractme! ¡Naractme! —los centinelas apostados por el nuevo líder de los gribzs habían divisado al monstruo que el humano debía matar para ellos.
El pánico cundió de inmediato. Esta vez no hubo golpe ni amenaza que impidiera el tumulto. Todos a una echaron a correr, unos a las chozas, otros al redil del rebaño. Cada uno arropaba lo primero que encontraba y huía del poblado. En medio del tumulto, tan sólo Ztraker y un puñado de los suyos mantuvieron la calma. Con gestos indicaron al paladín que los acompañase colina arriba, en dirección al tótem. Lo que vio una vez allí, libre de impedimentos, le dejó sin aliento. Por supuesto conocía las historias. Relatos de horrores criados al amparo de la oscuridad. Cuentos de nidadas de monstruos que se devoran entre sí de recién nacidos hasta que sólo los más fuertes y crueles llegan a la vida adulta. Pero nada de lo escuchado lo había preparado para la monstruosidad que se abría paso por entre los espantados trasgos. Hubiera sido del tamaño de un ternero, o incluso de una vaca, no le habría sorprendido. Pero aquella cosa levantaba su hinchado abdomen un metro sobre el suelo mientras sus peludas patas delanteras atravesaban de lado a lado a sus víctimas igual que virotes de balista.
—Tormo, dame fuerzas —murmuró el joven ante la magnitud del desafío que tenía por delante.
El silbido de una andanada de flechas le hizo volver atrás la mirada. Ztraker y sus arqueros ya estaban tensando de nuevo sus arcos. Cabras, ovejas, y algún que otro gorrín, la cerca del ganado abierta de cualquier manera, erraban por la colina contribuyendo a incrementar el caos. La primera ronda de flechas rebotó inofensiva en la quitina superior de la araña gigante. La segunda fue más eficaz. Un par de disparos perforaron uno de sus ojos. El chillido del monstruo sonó infantil a oídos del caballero negro. Tampoco tuvo mucho tiempo para pensar en ello. Naractme identificó a los causantes de su dolor y enfiló en su dirección. Ya no hubo más disparos.
—¡Tuya, Azecino! —se despidió Ztraker— ¡Cazta marchar!
Efectivamente, una vez llamada la atención de la criatura, los gribzs corrían que se las pelaban. El joven les dedicó una mirada despectiva, por un momento había pecado de optimista, y se encaró con el monstruo.
—Señor de la Justicia, si la causa de tu siervo es digna protégelo —comenzó a rezar.
En su mente delineó la forma de la criatura a abatir: Sus ocho extremidades, el voluminoso abdomen, la cabeza redonda de múltiples ojos y las mandíbulas goteantes de ponzoña. En respuesta, se abrió un canal entre el plano divino y el mundano. Sus plegarias eran escuchadas. Una cálida aprobación embargó su espíritu. La energía espiritual fluyó por sus miembros entre chispas eléctricas. Ya casi tenía encima a Naractme.
—Protector de los débiles, bendice las armas de tu fiel servidor —prosiguió el paladín.
Frente a tamaño adversario no podía arriesgarse. Sería una lucha a vida o muerte. Cuanto más se prolongase, menores serían sus probabilidades de vencer. Al momento, el bruñido martillo fue imbuido de poder divino. El brillo incandescente que emanaba la energía espiritual del paladín hizo bizquear al monstruo. Pero no lo disuadió. Con un chillido, proyectó su pata delantera derecha. Reforzado por sus plegarias, el escudo del paladín resistió el golpe. Le siguió un segundo ataque por la izquierda. El caballero lo esquivó con un paso lateral y la araña lanzó una dentellada. El humano retrocedió. En campo abierto estaba en desventaja. A la defensiva, trató de cubrir al menos un costado con uno de los chamizos del campamento. No funcionó, simplemente, la alzada y agilidad del monstruo le permitía trepar por encima.
—¡Luz! —oró el paladín.
Necesitaba ganar tiempo. La criatura era nocturna y logró cegarla unos segundos. Tal vez fuera su única ventaja. Tan sólo la había conseguido golpear en las patas, impactos sin fuerza que no habían hecho mella en la vertiginosa velocidad de sus movimientos. Aprovechando la desorientación provocada por el haz luminoso proyectado directamente en los ojos del monstruo, el paladín echó a correr en dirección a las ruinas de la granja.
Cegada, Naractme chilló y atacó a bulto. Aquella molesta luciérnaga no dejaba de incordiar. Ella no quería estar allí. Deseaba regresar a su oscuro nido en lo profundo del bosque. Pero había sentido el miedo, el dolor y luego la muerte del Proveedor. El pequeño saco de sangre la había alimentado bien. La había regalado sabrosos bocados que ella había mantenido frescos. Agradecida, ella le había permitido tocar su mente. El chamán había establecido un vínculo entre ellos. Y ahora él no estaba. Pero el olor de su sangre permanecía impregnado en su asesino. La irritante luciérnaga que la quemaba con sus golpes. Lo olía más adelante, entre la madera y la piedra. Creía poder esconderse de ella. Iluso, rabiando por su insistencia, superó la cerca. Avanzó con cuidado entre las ruinas, los postes desperdigados la pinchaban el vientre. La luciérnaga la esperaba escondida detrás de un muro de piedra. Naractme quiso golpear desde arriba, pero en esa esquina aún aguantaba el suelo del segundo piso. Contrariada, retrocedió para encontrar al paladín listo para atacar por el costado.
El martillo de su hermano golpeó el bamboleante abdomen del monstruo. Blando e hinchado, el acero incandescente apenas encontró resistencia y se hundió con un chisporroteo. La araña chilló y giró sobre sí misma. El caballero negro esquivó sus picotazos y se escondió entre lo que debió ser la cocina. De nuevo, el esqueleto calcinado de lo que fue un honrado hogar se volvió en contra del monstruo. Si trepaba hasta lo más alto, no alcanzaba a la luciérnaga. Las vigas rotas la pinchaban bajo el vientre, y su presa aparecía una y otra vez por donde ella no podía pasar y la quemaba. ¡Oh sí! ¡Cómo la quemaba! Pero la compulsión ritual por vengar a Proveedor la retenía allí.
En un intento por atrapar a la luciérnaga, sembró de telarañas cada resquicio de la granja. Pero era inútil. La luciérnaga quemaba las redes con su luz hiriente. Estaba insistiendo, taponando uno de los muchos recovecos por los que se escurría su presa, cuando el paladín saltó sobre ella desde la planta superior. Esta vez fue directo a por la cabeza del monstruo. Sorprendida, agazapada, el martillo luminoso aplastó su cabeza sin remedio y sus patas se contrajeron entre espasmos hasta morir.
El joven paladín rodó por el suelo. Su energía espiritual, agotada. Llegado a un punto se sentó de espaldas a una pared, abrazándose a sí mismo. Sabiéndose sólo, gritó para liberar la tensión acumulada las últimas semanas. El triunfo, la frustración, el miedo, la culpa, la pérdida, la vergüenza y el orgullo, todo ello brotó en un alarido inarticulado que poco o nada tenía de humano. Después de un buen rato, una vez recobrado el control sobre sus emociones, todavía con los músculos temblando, se puso de nuevo en pie. Pronto anochecería y le quedaba una larga caminata hasta el pueblo más cercano. Krugha Lanzaozcura seguía ahí fuera. El caballero negro todavía no había cumplido su juramento. Tal vez nunca lo hiciera."
Y este es sólamente uno de los diez relatos que tenéis a vuestra disposición en KindleUnlimited. Me despido por ahora. Cuento con regresar más pronto o que tarde. Os dejo con los Beast in Black y su "True Believer":
Nos leemos.





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