(Ital el JDRHM) Criaturas y Leyendas 10: De tracos, seros y vagas. Parte Segunda.
Hola a todos.
Aquí os traigo un poco más de las andanzas de Sebas Carapatata, el primer vagas de Ital, aunque él no lo sepa todavía.
"Sebas deambuló sin prisa respirando el aroma salado de la brisa marina. Ignorando las miradas curiosas de elfos y humanos mordisqueaba una empanadilla de hojaldre rellena de cebolla y jamón en la que se había gastado buena parte de la calderilla ganada con su actuación. Casi la mitad la compartió con Duende, quien agradecido trotaba tras sus pasos.
El mediano por su parte, mientras caminaba hacia el puerto, seguía atento a las evoluciones de los barcos. Los había de todo origen y función. Era en aquel entonces el Telegureh dominio conjunto de los elfos y sus aliados celebtir. Esgembrer, Karnol y otras ciudades hoy desaparecidas no diferían gran cosa de la misma Sagal. Allí donde la bella gente prosperaba, no tardaban en asentarse también pobladores humanos atraídos cual polilla a la llama.
Así, bajo la protección del majestuoso faro y sus espigadas torres de espejo, lo mismo anclaban redondos y panzudos cargueros mercantes venidos de Tantras y aún de más lejos, que resistentes y agresivos balleneros turánidos, poderosos quinquerremes militares malvaneses o que estilizados y veloces cazadores de piratas martari.
Conforme Sebas se acercaba al puerto, el trasiego de gentes y mercancías se hacía más evidente. Lo mismo que la autoridad de los craistari de Sagal. Tríos de soldados de blanca librea y argéntea armadura laminada patrullaban y comprobaban que cargas y manifiestos reflejasen la realidad. Cada uno de ellos parecía equipado para un tipo de combate distinto. Armado con escudo de cometa y espada larga, el yelmo cónico adornado con una exótica pluma de pavo real, dirigía la marcha el oficial al mando. Un lancero lo seguía y un arquero cerraba la comitiva. La enseña local, inspirada en el faro y sus defensas, cual tridente de piedra y cristal, resaltaba sobre un campo mitad blanco y azul tanto en sus escudos, como en los estandartes de las torres.
Una vez en el puerto comprobó que lo que más abundaba eran pequeños botes de una sola vela y otros pesqueros de bajura. Era más de mediodía. Las capturas ya habían sido subastadas en la lonja, pero el olor a pescado era intenso. Peor aún, una parte de los muelles estaba pringosa y resbaladiza. Aquella fue la primera vez que envidió las sandalias de madera sujetas con tiras de cuero que calzaba la gente grande.
Allí se entretuvo lo justo. Lo que más despertó su curiosidad fueron los prietos nudos que conformaban las pesadas redes de pescar. En cambio, los ganchos utilizados en la pesca de atunes y peces espada le provocaron escalofríos. Hábiles honderos él y Nacho, liebres y codornices eran piezas que surtían con frecuencia la mesa de los Carapatata. Pero era el hermano mediano quien disfrutaba con la actividad cinegética. Al pequeño le daban lástima las presas capturadas. Lo suyo eran las setas, avellanas, higos y castañas. De haber llegado primero y visto el esmerado despiece que los balleneros dedican a sus capturas, habría llorado a moco tendido.
Así las cosas, se alejó de esa zona de amarre. Un poco a trompicones, parecía mentira lo torpe que era la gente grande, caminaban sin mirar en donde pisan.
«¿Sería culpa de esas plataformas sobre las que andan?» Pensaba él. No sabía lo mucho que afectan al equilibrio las largas temporadas a bordo.
Además, él quería embarcarse en una de aquellas «casas flotantes». Pero en una que lo llevase lejos, a costas lejanas y tierras exóticas, e intuía que en aquellos pesqueros no iba a ser. Desde el primer momento le había llamado la atención la enormidad de los quinquerremes malvaneses. Aquello no era una casa flotante, era toda una ciudad. Madera, cuerda, tela y metal por doquier, abarrotada de humanidad, y para su consternación, de armas afiladas, cadenas y ocasionales chasquidos de látigo. No, no sería en una de esas tampoco. Dejó pues detrás suyo al orgullo de la armada malvanesa.
Estaba sopesando sus posibilidades con un limpio y honesto bajel mercante, cuando llegó a sus oídos el lento y grave vozarrón del minotauro. Por fuerza tenía que ser el mismo. Gracias a los dioses siempre han sido pocos.
—Cogí… solté… no más. No más —insistía.
Sebas imaginaba de qué hablaba. Un corro de curiosos rodeaba el amarre donde tenía lugar la discusión.
—Tranquilo, Hattusil, no te enfades —oyó como una voz firme y serena se imponía a los murmullos de la multitud.
—Si es que no aprendes, Jato. Mira que te lo tenemos dicho, que no puedes ir tú solo por ahí —lo fustigaba otro en tono burlón.
—Refrena ese humor tuyo, Aristo —lo reprendió con autoridad la otra voz—. No estás ayudando.
El mediano se escurrió como un gato por entre el bosque de piernas que se había reunido en el amarre de una estilizada goleta de quilla afilada cual cuchilla. Estaba su casco pintado de azul y blanco. Eran sus velas hermosas. Estaban tan limpias que dañaba a la vista mirarlas. Bordado con hilos de plata, resplandeciente bajo los tres soles, se veía al trono de diamante de Mindol. Al verla, Sebas se quedó sin aliento. Había encontrado el barco en el que quería viajar.
—¡Pequeñajo! —bramó el minotauro al verlo a él.
Hizo el amago de levantarse, pero los soldados de la ciudad, y un gesto admonitorio de su capitán, se lo impidieron. Tres patrullas de guardias con semblante entre serio y nervioso estaban allí en ese momento. Estaba claro que no querían pelea con el coloso, pero también que no la rehuirían. De pie entre ellos mediaba un elfo de porte aún más distinguido. Llevaba los largos cabellos de un azul desvaído, casi canos, recogidos en una coleta. Una delicada diadema de plata, con zafiros engarzados le adornaba la frente. Vestía una túnica azul y blanca ceñida a la cintura por un cordón de perlas. Entorno al cuello destacaba un ancho collar de oro batido decorado con motivos inspirados en el ciclo lunar de Aystria. Así una sucesión de joyas, azules, blancas, rojas y negras pregonaban a los cuatro vientos su condición de mago.
A su lado, estaba de pie un humano de piel tostada por el sol, pelo y barba morenos, cortos y cuidados que curvaba sus labios gruesos en una sonrisa de burlona diversión. Cubría sus miembros fibrosos esculpidos por el trabajo y el ejercicio con una túnica de la misma factura que la del minotauro.
—¿Todo este escándalo por un niño descalzo y su perro? —gesticuló el marinero entre divertido y asombrado.
—¿Un niño? —se adelantó el mago martari— No, no es un niño. Pero estás muy lejos de casa.
—¡No lo bastante! —protestó Sebas enfurruñado con los brazos cruzados sobre el pecho.
Duende lo secundó con sus penetrantes ladridos. El llamado Aristo miró intrigado a al mago elfo y guardó silencio. Luego, fijó su atención en el desarrapado mediano, su ropa gastada, el bastón con el hatillo atado en su extremo, sus pies descalzos más grandes de lo que cabría esperar, y al fin, bajo el pelo largo y descuidado, unas orejas ligeramente puntiagudas.
—¿No lo bastante? —perplejo, lo miró de hito en hito. Tal que hubiera descubierto una nueva especie de mariposa— ¿Y a dónde quieres llegar?
—¡Al otro lado del mar! —contestó con ojos brillantes llenos de ilusión.
—Pues para eso necesitas un buen barco —torció Aristo la boca con una sonrisa condescendiente—. ¿Ya sabes en cual vas a ir?
—Sí, ya lo sé —contestó Sebas con los brazos en jarras—. En ese de ahí.
Todos los presentes giraron la cabeza en dirección al barco que señalaba el mediano. El minotauro atronó sus oídos con una estentórea carcajada.
—¡Pequeñajo… listo!
—¡Caramba! —exclamó el malvanés reprimiendo las risas— ¡Y parecía tonto! Eh, capitán Filodiel
El mago elfo asintió. Pues no era otro que el legendario azote de piratas. Examinó detenidamente a Sebas y preguntó:
—¿Y con qué habilidades cuenta maese…?
—Sebas —hizo una cortés reverencia—. Sebas Carapatata, de los Carapatata bajo la colina de los manzanos, allá en Ursala —los ladridos de su perro lo interrumpieron—. Y este es Duende.
—¿No irá en serio? —exclamó Aristo. Su capitán le hizo callar.
—¿Y sus habilidades?
—Sé fregar, cocinar —empezó a contar con los dedos—, hacer nudos, tengo buena puntería con la honda —hizo una pausa, se mordió el labio, pensativo—... y seguro que como menos que él —triunfal, señaló al minotauro.
—Eso último habrá que comprobarlo antes —sonriendo, negó con un dedo el mago elementalista—. Tengo entendido que si tu gente destaca en algo, es comiendo.
Y así fue como Sebas consiguió pasaje a bordo del Atrevido. Sin que pudiera evitarlo, Jato lo agarró y lo sentó sobre sus hombros ciclópeos. Filodiel se quedó un rato más arreglando las cosas con los guardias de la ciudad.
—Ya me hago cargo de ambos por vosotros —oyó que les decía a unos más que aliviados soldados en lo que se alejaban.
El mediano se acomodó todo ufano, las manos aferradas a los cuernos de Jato. Duende los seguía dando saltos, casi volteretas, sin dejar de ladrar. Sebas sonreía de oreja a oreja. Una gaviota les sobrevoló y él levantó el brazo hasta casi rozarla. Había logrado lo que quería. Iba a surcar los mares. Y en la mejor compañía posible."
Y esto es todo por hoy. Os dejo en compañía de los Symphony X y su "The Odyssey":
Nos leemos.
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