(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 2.9: Noticias Falsas y Tensa Espera.

        Hola a todos una vez más.

        Aquí vuelvo con una nueva entrega de "El Caballero Negro y el Corazón del Bosque". El escenario ya está dispuesto y los eventos se precipitan.


"La demora en su regreso propició que el anochecer los alcanzase. Sus monturas avanzaban al paso, renuentes a obedecer. Era ya de noche cuando llegaron al pueblo, pero el paladín insistió en acompañar a Lorena hasta su casa. De las cuatro lunas, era la blanca la que regía la estación, pero el cielo estaba cubierto. Con el viento sur siempre era igual. Durante días soplaba, empujaba y arrastraba las nubes de tormenta contra las estribaciones de la meseta pallanthia hasta desatar violentos aguaceros. Entonces podía estar otro tanto lloviendo. De ahí que los lugareños diesen a ríos y arroyos nombres como el Terrible o el Turbulento. Sus estrechos y pendientes cauces no daban a basto a desaguar tanto caudal. Arrastraban árboles y tierra. Cuál encarnación de fuerzas elementales destruyen y fertilizan por igual. Con razón se los veneraba lo mismo que se los temía.

Pero no sería esa noche. Esa noche el viento del delirio rugía sin descanso. Aunque a Tudorache, una vez se acostó, exhausto tras las emociones y exigencias de la jornada, le trajo sin cuidado y durmió profundamente.

Al contrario de otras veces, el canto del gallo lo encontró soñando. Debió ser un dulce sueño, pues una cálida emoción lo embargaba. No obstante, los detalles se diluyeron de su memoria conforme la realidad inundaba sus sentidos.

La víspera pudo comprobar que la carga de paja limpia prometida había sido entregada durante su ausencia. De modo que después del desayuno se arremangó y dispuso una veintena de lechos bajo el techo del establo.

De ocurrir lo peor, no era la mejor de las opciones para atender a los heridos, pero era preferible eso a dejarlos a la intemperie o estar moviéndolos de un lado para otro. Tampoco creía que fueran a ser tantos los leñadores que necesitasen atención médica. Esperaba que parte de los jergones de paja los ocupasen sus familiares. 

Después de comer pidió prestados a Ramiro un par de toneles vacíos. Los llenó a calderos con agua del pozo. Eran labores lentas y tediosas, pero aunque sus temores no se materializasen, tampoco resultarían baldías. Cómo bien le espetó Conrado zumbón al cruzarse con él en uno de esos trasiegos al pozo:


—¡Los establos más limpios de la comarca le va a dejar al posadero!

—¡Siempre manejé bien la pala! —le contestó sonriente— ¡Lo mismo me quedo aquí a vivir de ello!


Al manco, que no esperaba respuesta alguna, y menos una semejante, se le atragantó la chanza. La saliva se le fue por mal sitio. Tosió un par de veces y se volvió por donde había venido. 

A Lorena no la vio en todo el día. La imaginaba enfrascada con su libro de recetas y el mortero, la cocina inundada del olor de borboteantes infusiones.

Hacia el final de la tarde regresó a lomos de una vieja mula gris uno de los mozos. Otra igual de vieja lo seguía con paso cansino. Apenas sus siluetas se recortaron en el camino corrió la voz de su llegada. El nerviosismo entre los familiares de los leñadores era palpable. Él los tranquilizaba. Gozaban todos de buena salud. Nada había pasado. Las serrerías estaban listas para empezar a trabajar. Los patronos habían cambiado de planes. La estación estaba avanzada. Los retrasos eran graves. Se avecinaban lluvias. Ya descansarían entonces. Lo enviaban por comida para los demás… 


—Todo va bien —insistía una y otra vez—. Todo va bien.


Pero cuando decía esto último no inspiraba la misma confianza. Apartaba la mirada ese instante para recuperar el contacto visual luego, al confirmar que tal o cuál mandaba recuerdos. Algo callaba. 

Al primer lugar que se dirigió fue a la posada, a entregar los pedidos de cada patrón. También allí lo asediaron a preguntas los parroquianos. No se le veía cómodo, pero mantuvo la fachada: todo iba bien.

No fue hasta que los demás se retiraron y el alcalde lo llamó a parte que se sinceró. El ambiente de trabajo era tenso. Se habían producido pequeños hurtos. A cuenta de ellos, amigos de toda la vida habían llegado a las manos. Las cuadrillas encargadas de desbrozar senderos tenían miedo de alejarse y lo poco que limpiaban amanecía cubierto al alba. La arrogancia de los soldados no ayudaba a mejorar la situación. Menospreciaban abiertamente a la gente del lugar. Día y noche se sentían vigilados. Oían ruidos de animales en los campamentos y veían luces inexplicables flotar entre la foresta. Era tal y como cómo dijo el caballero negro: El bosque mismo y sus moradores les era hostil. Las manos le temblaban al rememorar las experiencias vividas.


—Tonterías —bufó Pascual—. Os habéis dejado sugestionar por sus palabras. Supierais el centenar de hombres ahí fuera.

—Y aún así nos sentimos insignificantes frente a la enormidad de la foresta —reconoció el mozo con la mirada fija en el fondo de su chupito.

—¿Desde cuándo los hombres de Matapuercos le temen a ramas y ardillas? —dándole una sonora palmada en la espalda lo quiso animar el alcalde— ¡Tómate otro orujo, yo invito, y luego tira para casa con los tuyos!


El mozo sonrió agradecido. Apuró el aguardiente de un trago y dejó que Ramiro, tan circunspecto como siempre, se lo volviera a llenar. 

Aquel día la posada estuvo concurrida y el paisanaje agitado. Tras averiguar lo que el mozo podía contar, todos querían opinar sobre el devenir de la estación. Era cómo si un decreto de silencio se hubiese levantado. 

Además, por otras ocasiones, sabían que cuando a Amelia le llegaba el pedido de las serrerías, la Carretera se esmeraba. A sus famosas empanadas de carne y las quesadas típicas de la comarca, añadía dulces recetas con almendras y miel aprendidas en el sur. 

Con tanto alboroto y trasiego de parroquianos, Tudorache prefirió dejar atendido a Mordiscos y retirarse a su habitación. Una vez terminados los preparativos sólo le quedaba esperar. Ignoraba las confidencias del mozo a Pascual. Ramiro, hombre prudente, sabía guardarse para sí las conversaciones de sus clientes. Le iba el negocio en ello. Así terminó el cuarto día. Deseando lo mejor para aquella gente honrada y trabajadora. Aunque sin ninguna confianza. 

A la mañana del quinto día, el pedido de las serrerías estaba listo y cuidadosamente empacado. El paladín se ofreció gustoso para ayudar al muchacho a cargar las mulas. Se le veía de buena pasta y aceptó la ayuda un tanto cohibido. El caballero por su parte no le quiso comprometer y se despidió de él con franco aprecio. Lo que hubiera de ser no tardaría en revelarse. 

La inactividad de la espera exasperaba al paladín. Conocía bien la sensación que lo embargaba. Era la tensión propia de la víspera de una batalla. Tras la abundante comida servida por Amelia decidió enjaezar a Mordiscos y dar un paseo. Aprovechar la oportunidad de degustar la contundente cocina local estaba bien, pero con tamaña ingesta calórica era necesario mantenerse activo. Puede que en el momento de montar no tuviese intención de llegar hasta la hacienda de la sanadora, o puede que fuese distraído y Mordiscos tomase camino conocido. No importa. El caso es que no tardaron en encontrarse delante de su portilla.

Tal y como Tudorache había fantaseado, el humo de la chimenea delataba la intensa actividad de su propietaria. La piara hozaba desperdigada bajo los árboles. Colgado de un recio poste de madera, protegido del viento por la talla de una casita diminuta, descansaba un campano con su badajo. Tras comprobar que las ventanas estaban abiertas, el caballero lo hizo sonar con energía.

No tardó Lorena en asomarse, el largo cabello oscuro recogido, un pañuelo anudado sobre la cabeza y otro bajo la barbilla. Al ver quien era le hizo señas para que esperase a que saliera. Tudorache sintió una punzada de decepción. Una vez allí contaba con ser invitado a entrar.

Ella enseguida salió, secándose las manos en un paño manchado de verde y amarillo, lo mismo que su blanco delantal.


—Bienvenido caballero —lo saludó. Sus brillantes ojos confirmaban lo dicho. Él buscó su mirada y encontró en ella el mismo hambre que agitaba sus entrañas—. ¿Qué noticias me traes?

—Ninguna, a fuer de ser sincero —la sonrió—. Desde el bosque han mandado a por comida. Por lo visto todo va bien y planean seguir trabajando hasta que la lluvia se lo impida.

—No me sorprende —se mordió el labio, pensativa—. Así es como hacen siempre. Esforzándose hasta que el tiempo cambia u ocurre un accidente.


Tudorache asintió. Mordiscos piafó inquieto. Su amo lo tranquilizó rascándole tras una oreja y silbando alegre una tonada. Al verlo, la curandera dulcificó la expresión de su rostro.


—¿No me vas a enseñar tu casa? —se atrevió él a preguntar.


Ella se sonrojó. Se relamió los labios sonriendo e iba a contestar, cuando de repente, el caballo de guerra se alborotó de nuevo. Los animales de la granja lo secundaron. Los cacareos de las gallinas competían con los gruñidos de los cerdos. A lo lejos oían ladrar a los perros y balar a las ovejas de los vecinos. Mientras Tudorache tiraba de las riendas de su montura, un gato blanco y negro pasó por entre sus patas corriendo como una exhalación. No paró hasta saltar dentro de la casa. En tanto que Lorena, boquiabierta, empalidecía y señalaba hacia las montañas. Una vez que recuperó el control sobre Mordiscos, el paladín volvió la vista hacía el motivo de tanta alarma.


—¡Tormo dame fuerzas! —juró.


Alimentado por lo seco de la estación y empujado por el viento sur, un fuego abrasador consumía el bosque."

        Y esto es todo por hoy. Me despido con "Everything Burns" de Ben Moody y Anastacia. Tema principal de la banda sonora de "Los Cuatro Fantásticos":

        Nos leemos.


Comentarios

Entradas populares