(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 2.7: De Cerdos y Hombres.

         Hola a todos un día más.

        Esta semana no está siendo fácil. Mis neuras. Un accidente con la furgoneta. El entierro de una excelente persona y amigo tras una enfermedad galopante... No 2024, no. Esto no es lo que habías prometido.

        Pero bueno, en fin, me aferraré a los que resisten a mi lado y a las cosas que sí puedo hacer. De manera que aquí os traigo una nueva entrega de "El Caballero Negro y el Corazón del Bosque". Sí, Tudorache continúa en Matapuercos. Vale no os había dicho como se llama el pueblo, pero es que nuestro caballero, después de tanto tiempo encadenando peregrinaciones, ya no se molesta en recordar el nombre de las aldeas por las que pasa. Para él son: la de los leñadores, la de los gribzs, la de los carboneros, la del hechicero salvaje, la de las bodegas de vino, la de los desertores, la del túmulo, la del molinero caníbal, la de los pastores, la del draktar verde...  si habéis jugado a rol ya sabéis como funciona la memoria selectiva.

        Y sí, si el río Terrible y las Barzas, de Yuso y de Suso, es decir: de Arriba y de Abajo, os suenan de algo... me habéis pillado. Os merecéis una gominola.

"—Y tú. guaje ¿Qué miras? Ya veo, ya. Te piensas que por andar escoltando a estos mercachifles no soy más que un matón de segunda ¿Verdad? Pues te equivocas. Ven. Acércate si te atreves y deja que te cuente..."

Antes de irse de la posada regresó a las cuadras. Mordiscos lo saludó intentando restregar el morro contra él, pero lo contuvo. No quería terminar con la ropa sucia de mocos y babas. En vez de ello, le rascó tras las orejas, como bien sabía que le gustaba. Después comprobó las guardas que protegían sus alforjas. Estaban intactas. Haría falta un ladrón muy temerario, u orgulloso de sus habilidades, para robar a un clérigo guerrero o a un paladín durante sus peregrinajes. Las maldiciones impuestas a quien perturbarse los glifos protectores podían ser tan crueles como impedir que sus heridas cicatrizasen o tan ingeniosas como arruinar sus tiradas de dados. Se las cargó al hombro y regresó a la posada para reclamar la habitación prometida.

Al volver se cruzó con el alcalde Pascual, quien le dedicó un cortés saludo sin entretenerse a más conversación. Una vez en el interior del edificio se reencontró con la jovial posadera, estaba barriendo el serrín sucio para fregar el suelo. Con el viento sur llevándose la humedad del ambiente secaría pronto. A Tudorache le supo mal interrumpirla, pero la buena mujer no se lo tuvo en cuenta. De temperamento locuaz, no paró de hablar mientras lo acompañaba a la que sería su habitación lo que durase su estancia en la localidad.

Gracias a la animada charla de Amelia pudo averiguar que la tal Lorena era la última representante de su familia en la comarca. Por lo visto, sus padres habían vivido muy bien criando cerdos y ovejas. Pero todo aquello se vino abajo con la tristemente famosa peste porcina que asoló la región. Sus hermanos mayores vendieron las tierras que heredaron y marcharon a la capital, donde eran unos prósperos carniceros. Ella en cambio prefirió conservar lo poco que la tocó en suerte y con el tiempo se labró una reputación como experta curandera. Todavía criaba cerdos, una alegre y retozona piara, los cuales, una vez convenientemente engordados, vendía a sus hermanos.

Así era ahora la crianza de animales en la comarca: las mujeres los cuidaban y los hombres los sacrificaban. Llegado a este punto, los chispeantes ojillos de la posadera se apagaron, un recuerdo doloroso la asaltó. 


—Un poco como los hijos —con la redonda faz contrita le dijo—. Los llevas en tu vientre, los amamantas y cuando se valen por sí mismos te los arrancan de la vera.


Sorprendido por el cambio de humor, pero respetuoso con su anfitriona, el paladín asintió en silencio. El dolor de madres y viudas era algo que conocía bien. Pero escaso era el consuelo que podía ofrecer.

Ella, animada por su educada conducta, o para justificarse, le contó que su Ramiro la había dado dos hijos y una hija. Todos ellos habían sentido la necesidad de conocer mundo. A sus padres no les pareció mal. Estaban convencidos que más pronto o más tarde volverían para atender el negocio familiar.

Aunque con los últimos problemas no lo pareciese, estaban en la ruta comercial que unía Henarya con Pallanthia. En la localidad se celebraban dos ferias anuales, una a principio de primavera y otra a finales de otoño, durante las cuales se reunían las gentes de la comarca y atraían a mercaderes de paso a las fiestas de la cosecha de Wesmabur. Traían aceite, telas y perfumes del otro lado del mar y regresaban con grano de la meseta y clavos y pucheros de Ragnarloun. Era un viaje peligroso, a expensas del humor de los montañeses del paso de las Barzas y de las inclemencias del tiempo. Su hija, la mayor, fue la primera en marchar, era una muchacha despierta y trabajadora, desposó con uno de dichos mercaderes. No dejaba nunca de visitar a sus padres en cada viaje. Alguna vez, cuando la ruta prometía más peligros de los habituales, allí dejaba a sus ruidosos hijos. El mediano la siguió, juicioso y hábil con las cuentas, aprendió a escribir de los huéspedes de la posada y se había acomodado como contable en la capital. Rara era la ocasión en que volvía al terruño. Sin embargo, era el pequeño el que pesares la causó. Atlético y moreno como su padre. Fascinado por las historias y promesas de los hombres de armas que escoltaban a las caravanas, había emprendido carrera en la flota real. Con su uniforme y su cuidada barba daba gloria verlo. Era la encarnación de la gallardía. Con su arrojo y buena disposición pronto ascendió en el escalafón. Hasta que un día su barco zarpó para no regresar. Tormentas, monstruos, piratas… no se supo más de él.


—Seguro que hace años que el mar se lo tragó —se enjugó una lágrima mientras abría las contraventanas de la de la que sería su habitación. Desde ella se contemplaba la plaza del pueblo, con su pozo y su fuente—. Pero una no deja de sentir un vuelco en el pecho cada vez que ve llegar a uno de los soldados de la marina.

—Comparto el sentimiento —la quiso consolar.


Y bien cierto que era. A lo largo de los años, muchos eran los camaradas de armas a los que había ayudado a dar sepultura. El recuerdo de su gemelo nunca abandonaba sus plegarias, pero el milagro de los Marjales no se había repetido. 

Ella, por su parte, le correspondió con una sonrisa de gratitud, le entregó una llave y se apartó un rizo rebelde de delante de los ojos antes de despedirse y dejarlo solo para que acomodase sus pertenencias.

La habitación en sí era limpia y sencilla. Una cama con su colchón relleno de lana y sus blancas sábanas. Una bacinilla bajo ella. Un robusto armario producto de la sólida artesanía local. Y una mullida alfombra donde pisar con los pies desnudos al despertar.

Tudorache posó sus alforjas en la cama para abrir el armario. Colgada del interior de la puerta derecha estaba la llave. Una balda a la altura de los ojos y otra a la de las pantorrillas dividía el espacio disponible. Colocó en la inferior las alforjas y cerró con llave. Tiró de las puertas para comprobar su resistencia y asintió complacido. Juntó ambas llaves en la misma correa de cuero, se la pasó por la cabeza y las metió debajo de la ropa. Allí harían compañía a la cadena de que pendía su silbato de marfil. Y salió al exterior.

El día era soleado. Las pocas y dispersas nubes flotaban en dirección norte impulsadas el cálido viento. Varias mujeres del pueblo tendían la colada al sol. Unos cuantos niños pequeños correteaban detrás de las gallinas mientras gatos ociosos se estiraban al sol. Un par de hombres mayores, sentados a la puerta de sus casas ahuecaban tocones de madera para hacer albarcas. Todos dejaban a un lado sus quehaceres para saludar al extranjero. No entendían porqué no se había ido ya. Algunos lugareños fruncieron el ceño al verlo pasar. Unos pocos se llevaron la diestra al pecho con la palma abierta hacia afuera para espantar al mal de ojo.

Él respondió a los saludos con una leve inclinación de cabeza. A sus oídos, el habla local, derivada del antiguo malvanés, sonaba cantarina. Justo al contrario que los cánticos con que amenizaban sus festejos: lentos, graves y guturales; mucho más cercanos a las tonadas de los dancos con quienes decían estar enemistados. En cuanto a las muestras de hostilidad, se limitó a encogerse de hombros y las ignoró.

Aun a buen ritmo, le llevó un rato largo llegar a la casa de la curandera. Mientras que la mayoría de las casas del pueblo se agrupaban en hileras, pegadas la una a la otra, paralelas al camino principal, con su huerto, gallineros y cobertizos en la parte de atrás; unas pocas se desperdigaban rodeadas de campos salpicados de frutales. Éstas contaban con cuadras, algunas reconvertidas en almacenes, con sus pajares en el segundo piso.

La que buscaba era la más alejada del pueblo. Se la habían descrito como una casa de piedra de un solo piso, sin encalar, con la fachada cubierta de abundante hiedra y la cuadra con su pajar integrados en la estructura. Un muro de piedra seca circundaba el terreno de su propiedad y entre los algarrobos y los castaños asomaba un pozo artesiano. Una piara hozaba a la sombra de los árboles. Tras una cerca de madera asomaban matas de alubias y media docena de gallinas picoteaban por las inmediaciones. Aquí y allá se veían pequeños desperfectos, pero en conjunto resultaba agradable a la vista. Al olfato ya no lo era tanto, máxime con el viento sur recociendo las heces de los animales empleadas como abono.



Estaba llegando a la altura de la portilla, amplia de manera que un carro pudiera cruzarla holgadamente, cuando la dueña de la hacienda salió de la cuadra con una canasta de huevos en brazos. Un gato negro con manchas blancas la perseguía, cariñoso buscaba restregar el lomo contra las piernas de la mujer, para ello ronroneaba y estiraba cuanto podía las patas. No lo tenía fácil, pues ella andaba sobre el peculiar calzado de madera típico de la comarca. Era una mujer alta y esbelta, la piel tostada por el largo tiempo invertido en las tareas del campo y el cabello moreno, largo y ondulado. Estaba sacando los pies calzados con alpargatas de esparto de las albarcas, cuando se dio cuenta de que la observaban. Frunció el ceño y devolvió el escrutinio sin amilanarse. De rostro ovalado, frente despejada y boca sugerente, en su juventud debió ser hermosa y, aunque las fatigas de la vida se habían cobrado su tributo, sus ojos castaños conservaban una mirada limpia y honesta. 


—¡Saludos! —levantando la mano derecha dijo el caballero— ¡Busco a Lorena, la sanadora! —había un algo en aquella mujer que lo dejó con el espíritu agitado.

—¡Entonces podéis dejar de buscar! —contestó ella en lo que posaba la canasta de huevos sobre el alféizar de una ventana— ¡Ésa soy yo!


Cruzada de brazos sobre el pecho, estaba a la defensiva. Un delantal blanco protegía de la suciedad el sencillo vestido pardo que llevaba debajo. Y sin embargo el paladín percibía una suerte de aura difusa en torno a ella.


—¡En ese caso, permitd que me presente! —retomó él la palabra— ¡Soy un caballero penitente de la Orden de Tormo y he venido a solicitar vuestros servicios!


Al oír eso, la mujer pareció relajar su postura y se acercó a la portilla. A medio camino se lo pensó mejor, se llevó la mano a la boca y emitió un fuerte silbido que sonó como un reclamo. A Tudorache la boca se le quedó seca al instante. Había poder en aquel sonido. El efecto en los cerdos de la hacienda fue inmediato. Todos a una levantaron los hocicos del suelo y acudieron en tropel igual que perros bien entrenados.


—He oído hablar de vos —se acercó a la portilla escoltada por docena larga de puercos—. Pero a vos ¿Quién os ha hablado de mí?

—Amelia, la posadera.

—La Carretera, pues. No es mala mujer. Os creía en el bosque, cazando monstruos.

—Allí estuve, sí —tragando saliva contestó él—. Pero no encontré esos monstruos de los que tanto me habían hablado.


No entendió a qué venía eso de «la Carretera». Pero a aquella mujer pareció gustarle su respuesta, pues la expresión de su rostro se dulcificó. Una sonrisa teñida de pesar afloró a esos ojos que lo examinaban. Luego, levantando la barbilla preguntó:


—¿Entonces para qué buscáis una curandera? También veo que gozáis de excelente salud.

—No es para mí, sino para los aldeanos.

—¿Los aldeanos? —abrió ella los expresivos ojos con alarma— ¿Qué ha ocurrido?

—Todavía nada —la tranquilizó él, le sabía mal preocuparla, empezaba a sentir que aquella mujer sí que merecía sus desvelos—. Pero pese a mis consejos han decidido reemprender la actividad en las serrerías y pronto os necesitarán.

—De manera que el escándalo de ayer era por eso —no era una pregunta—. Ya he atendido sus huesos rotos más de una vez —le quiso quitar hierro al asunto, aunque un leve temblor en la voz traicionó su intento.

—Esta vez será peor. Necesitarán vuestras hierbas y emplastos. Yo puedo ayudar, pero  —se miró las manos, ásperas y endurecidas por el ejercicio de las armas—... no soy un clérigo. 

—Entonces tendré que reponer existencias —meneó ella la cabeza, mientras acariciaba con descuido a los obedientes marranos—. Con todo lo que ha pasado he preferido mantenerme lejos del bosque.

—Los gastos van por mi cuenta —la malinterpretó él.

—¿Qué? —exclamó ella con una sonrisa torcida— ¡Que pague el avaricioso del alcalde! ¡Habrase visto!


Los cerdos reaccionaron al exabrupto de su ama gruñendo y revolviéndose inquietos. Uno de ellos incluso se apoyó en la portilla con gran escándalo e intentó saltarla. Lo que provocó que Tudorache retrocediese dos pasos a la defensiva.


—¡Su! ¡Su! —le ordenó Lorena, señalando al suelo hasta que el grueso lechón obedeció.

—¿Estamos de acuerdo, entonces? —quiso dejar el tema zanjado.

—Primero tengo que acaldar a los animales y buscar quien me los cuide. O si no, ahí donde los ves ahora, retozando en amor y compañía, antes que pasar hambre, se devorarán entre ellos.


En ese momento el paladín no prestó atención a ese último comentario. El Kazelrus no dejaba de atosigar a la comarca y aquella mujer no se parecía en nada a la idea preconcebida que tenía de las solitarias curanderas rurales.


—Y yo he de preparar el establo de la posada para acomodar los heridos que nos traigan —replicó distraído.

—¿El establo de la posada? —se puso sería ella mordiéndose el labio inferior— ¿Esperáis una guerra?

—Es mi obligación desear lo mejor y prepararme para lo peor —le quitó hierro, no tenía nada que ganar inquietándola de más.

—¿Pasado mañana me podréis acompañar al bosque, o será muy tarde? —insistió ella en sus temores.

—Me parece bien. No espero que pase nada tan pronto —la tranquilizó.


En esas quedaron. Al paladín le había parecido una charla interesante. No le cabía duda de que la tal Lorena poseía el don. Tal vez en otras circunstancias hubiera podido hacer carrera al servicio del Libro. Pero allí, lejos de otros como ella, su gracia había pasado desapercibida. Tudorache no sabía qué hacer al respecto. Ignoraba si la mujer era consciente de su capacidad para tocar lo divino, siquiera fuese con la punta de los dedos. Y después de lo oído al tal Conrado, también dudaba que la hiciese bien a ojos de sus convecinos.

Así, entre paseos y embajadas se le pasó la mañana. Cuando regresó a la posada, lo primero que hizo fue atender a Mordiscos. El brioso corcel estaba agitado. Había coceado y volcado el pesebre, derramando agua y comida. Criado para la batalla, desconocía el lugar y la gente. El seco viento sur tampoco ayudaba. El caballero limpió el desaguisado con paciencia, recolocó el macizo pesebre de madera en su sitio, alimentó a su fogosa montura, y una vez se aseó con agua fresca, entró a la posada para comer.

        Y hasta aquí podemos leer. Espero regresar pronto con más. Os dejo con Duncan Dhu y su "En algún lugar":

        Cuidaros. Nos leemos.


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