(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 16: Uriah (El Sabor de la Derrota)

    Buenos días a todos. 

    Aquí estamos otra vez repartiendo a diestro y siniestro. Tengo el ordenador principal en el taller, si veis algo raro ya sabéis a qué se debe.

Arte gráfico para el Warhammer Total War

    Los jorobados hobzs corrían despavoridos por entre juncos y sauces, esquivando como podían los cuerpos de los muertos. Los batidores a caballo los acosaban cómo a animales, evitando que se dispersasen, para propiciar que el mayor número posible cayera bajo los cascos de sus aliados elfos.

    Entre éstos, el diezmo de sangre empezaba a pesar sobre su espíritu. Al menos un tercio de los aristocráticos caballeros habían caído. Aún era pronto para saber cuántos de ellos volverían a cabalgar, y cuántos habían cruzado el Velo. De similar proporción eran las bajas entre la infantería aportada por el Príncipe Proscrito. Aunque en su caso, lo más probable era que fueran mayoría los muertos.

    El número de sus aliados dancos, en cambio, había aumentado. El bosque de agudas lanzas era más denso. Los vociferantes espadachines con la cara pintada de azul corrían ahora por ambos lados de la infantería élfica. También el número de cambiapieles luchando junto a Elugón se había multiplicado.


    «Y más que vendrán.» Recordó Nilvaet que había afirmado, henchido de orgullo, su othain, delante de los líderes aliados. Tras protestar por haberles impedido algunos nobles atravesar sus tierras.


    Al contemplar la hueste reunida por los druidas de Shislaran, y el júbilo gozoso con que parecían entregarse sus integrantes al altar de la guerra, no pudo menos que comprender los temores que debió despertar tamaña visión en sus civilizados vecinos. Otro pensamiento lo alcanzó, y, pese a la tristeza que lo embargaba, en medio de la pérdida de antiguos amigos, se obligó a sonreír. 


    «Con que los dancos De la Turbera no eran más tramperos y peleteros que habían abandonado el camino de sus antepasados. Pues bien que conocéis los caminos de pastores y contrabandistas que llevan a su casa.»


    Entre todos ellos, hubo uno que atrajo su atención mientras ordenaba a los albicelestes caballeros abandonar la persecución y dejarla en manos de los humanos. 

    Por delante de los lanceros corría un tigre, negro como noche sin estrellas, de no menos de dos metros de largo. Sus ojos ambarinos brillaban con inteligencia impropia en un animal. Pero sus movimientos erráticos delataban la pugna de voluntades que se libraba en su interior. Aún así, era mérito notable. Muchos eran los cambiapieles que temían adoptar la forma completa de su bestia interior, pues los que embargaba el miedo a rendir la mente a los instintos animales.

    Siguiendo la enseña del halcón azul sobre campo blanco, los caballeros de argénteos arreos encararon la retaguardia de los guerreros agrupados bajo el tótem de la hiena. Llegaba el ansiado momento de dar el golpe final al ejército invasor.

    A su vez, los humanos de la Orden de Aubea, liderados por Meldoried, habían agotado ya sus reservas. Aquí y allá se los veía ceder terreno frente a la ferocidad de sus enemigos. En tanto que ella, y sus hombres de confianza, resistían cual faro en medio del embravecido oleaje, rechazando a cada atacante que se les enfrentaba, aún a riesgo de quedar aislados del grueso de sus fuerzas.

    En su fuero interno, Nilvaet no podía menos que admirar los logros que su tía había alcanzado durante su largo exilio. Tampoco era ningún secreto en la corte del Trono de Diamante, que el partido defensor de conservar, e incluso estrechar, los lazos que los unían con los humanos, no era sino una extensión de sus obras en el exterior.

    Descartando pensamientos ociosos, al fin y al cabo, Anquei ya no existía, y sus palacios eran ahora la gélida morada de los dragones de hielo, ordenó a los Halcones Peregrinos alargar la menguada formación para maximizar el impacto contra los feroces guorzs.

    En ese momento, contempló la derrota de Uriah frente al chamán del yelmo óseo. Una nueva capa de tristeza nubló su mirada. La franqueza y entusiasmo del paladín le había granjeado su amistad. En verdad que había llegado a apreciar al joven rey y a su mano derecha, pues carecían de la doblez que, con desagradable frecuencia, encontraba entre los líderes humanos. Desde su posición, poco podía hacer por él. Pero, mientras aprestaba su lanza estelar para la carga inminente, se prometió a sí mismo tratar, al menos, de recuperar su cadáver para que recibiese las honras fúnebres que le correspondían.

Ilustración propiedad de GW

    A todo esto, los guerreros dancos, encabezados por por Elugón, bajo su gigantesca forma sombría, coronada por la cornamenta de ciervo, y rodeado de una treintena larga de cambiapieles, estaban descargando ya su furia contra los guorzs. Bestiales rugidos y bramidos acompañaban sus gritos de guerra. Con idéntica belicosidad los respondieron sus adversarios. Fauces y garras contra metal. Por un momento, a ojos del noble elfo, el salvajismo de unos y otros fue indistinguible. Poco después, comprometido en la refriega, concentrado con todo su ser en matar o morir, también él se vio poseído por el mismo espíritu violento e infame, cuya visión habría horrorizado a quien solo lo conociera de recepciones corteses y bailes de etiqueta.

    Mientras tanto, desesperado por sobrevivir, Uriah, rodeado de enemigos, aprovechaba el desorden causado por la caída de Espolón, y pugnaba por abrirse paso hacia la colosal plataforma, sobre la que transportaban su grotesco tótem. Un cejijunto guerrero le salió al paso con intenciones asesinas. Con un empellón de su escudo obligó a retroceder al paladín, que solo conservaba su maza. Necesitaba espacio para blandir la curva hoja de su cimitarra. Éste, antes de que algún otro forqz se sumará a la lucha, canalizó su energía espíritual, para liberarla toda ella enfocada en el masivo guerrero y paralizarlo. Sin entretenerse en rematarlo, pasó de largo. Ante él, se interponían ahora dos porteadores del tótem, sus cuerpos de abultados músculos, cubiertos de escarificaciones rituales, carecian de armadura, y con las manos desnudas le hacían frente.

    Pese a su gran tamaño, los iniciados de Shirgadugluk se movían con rapidez. Por dos veces lograron golpearle con puños como rocas, sin que él tuviera oportunidad de alcanzarlos con su maza. Un tercero se aproximaba empuñando entre sus manazas una cadena, cuando la sombra de la sierpe alada los sobrevoló. Pasó tan cerca, que su cola golpeó la colosal efigie sonriente, haciendo que la estructura entera se tambaleara. Entonces, ignorando a Uriah, los desnudos forqzs se apresuraron a ayudar a los restantes porteadores, para, con sus esfuerzos combinados, impedir que la imagen sagrada cayese en el fango, y aplastarse a los guerreros de su tribu.

    Con la adrenalina disparada, el paladín miró a un lado y a otro en busca de una escapatoria. Nunca en su vida se había visto en semejante peligro. Atacada por todos los frentes, la formación enemiga perdía cohesión. Otro guorz equipado con pesada armadura reparó en el vulnerable paladín y avanzó contra él profiriendo amenazas. Esta vez era Uriah el que tenía la ventaja de la agilidad. Los ataques de su adversario, por más poderosos que fuesen, no le alcanzaban. Así, con rapidez, le ganó la espalda, al tiempo que, con su maza, golpeó con fuerza la rodilla del pesado guerrero, que cedió con un crujido. Poco tardó un nuevo contrincante en aparecer, hacha en ristre, permitiendo al anterior retirarse a gatas.

    Midiendo sus fuerzas estaban. Tratando el forqz de cansar al paladín trabando sus armas, obligando a forcejear con él al pequeño humano. Cuando un caballo sin jinete interrumpió, desbocado, en el lugar del combate. Piafaba y coceaba allí por donde pasaba. Era su pelo dorado como la miel bajo la luz del alba. Sus arreos plateados no dejaban duda de a quienes pertenecía. La sangre que lo salpicaba no dejaba presagiar nada bueno para su jinete. Pero para Uriah era la respuesta a una plegaria no formulada y la encarnación misma de la esperanza que había perdido. Con habilidad consiguió el paladín que su rival diese la espalda al hermoso destrero. Éste, encabritado, relinchó y coceó con saña al desprevenido guerrero, que cayó de bruces al barro, conmocionado.

    Sin darlo tiempo a proseguir su rampante galopada, Uriah se le acercó por el costado, sujetó sus riendas entreveradas de hilo de plata y lo acarició a la altura del cuello. El noble animal resopló y lo miró con ojos asustados, pero no lo rehuyó. De manera que el paladín pisó el colgante estribo y se izó sobre su silla.

    No le dieron los enemigos que lo rodeaban ni un respiro más. En apenas un latido, un nuevo contendiente se volvió contra ellos, escupiendo saliva y amenazas por entre los colmillos de su prognata mandíbula. Por fortuna para Uriah, su nueva montura dió muestras de merecer la fama que de los corceles élficos se hacen eco los cantares. Con ligereza se apartó, permitiendo a su jinete golpear a placer la dura cabeza del guorz.

    Esta vez, sí que le fue posible al embarrado paladín orientarse, y con un tirón de riendas, picó espuelas en dirección a donde vio que las tropas enemigas estaban más dispersas. Y galopó por entre ellas, como nunca en la vida. El cuerpo inclinado, pegado al cuello de su nuevo amigo. En vertiginoso zigzag, rehuyendo cada oportunidad de entablar combate que se les presentaba, saltando sobre los cuerpos de los caídos. Fueran de hombres, elfos o guorzs, no importaba. Atrás dejó amigos y enemigos, sintiéndose a partes iguales, culpable y exultante por haber salido con vida, cuando tantos otros habían muerto siguiendo sus cuidadosamente estudiados planes de batalla.


    «Tú no eres Iván.» Recordó avergonzado cómo le había dicho el caballero negro. «Tú no eres Iván.» Se fustigaba a sí mismo sin cesar.


    Una vez a salvo, permitió a su destrero pasar al trote primero y al paso después. Era la primera vez que probaba el amargo sabor de la derrota. Descubrió su cabeza. Los cabellos, aplastados por el yelmo y empapados de sudor. El viento húmedo de los marjales le provocó escalofríos y encogió el cuello. Su huída le había llevado hasta el lecho rocoso sobre el que se elevaban las empalizadas y torres de De la Turbera. A un lado reposaban contrahechos los restos de Shirgadugluk, tábanos y moscas zumbaban ahitos con su sangre derramada. 

    Ante él descansaban los restos de los hostigadores que habían arriesgado sus vidas desde primera hora de la mañana. Atendían como podían a sus heridos, a la espera de que les llegara su turno en los campamentos habilitados por iniciativa del clérigo enano. Aún así, sabía que para muchos la ayuda llegaría tarde. Una vez desempeñada su función, su bienestar no estaba entre las prioridades de la contienda. 

    El paladín retorció las riendas apretando los dientes. Sobre los mapas, solo los había considerado piezas de un engranaje mayor. Ahora los veía tal y como eran de verdad: niños en su mayoría, con la cara sucia y vendajes puestos de cualquier manera. Incapaz de hacer frente a la cosecha de dolor de la que era partícipe, los dió la espalda y se alejó.

    Desde allí podía ver cómo ondeaban los estandartes de los aliados aún en combate. Los principales chamanes habían muerto, sus tótems, salvo uno, derribados, y en las alturas, Ambrose asistía a su Rey.

    El anhelo por compartir su suerte lo sobrecogió como la pérdida del ser amado. Deseaba con toda su alma alzar el vuelo, sentir el viento en la cara y combatir a su lado. Varado en tierra, mientras contemplaba a sus compañeros enfrentarse a la sierpe alada y su maligno amo, se sentía insignificante.

    Pugnando por recuperar la entereza que se le suponía, oteó el campo de batalla. A lo lejos, divisó el blanquiazul estandarte del príncipe Nilvaet. Ladeó la cabeza, sopesando sus opciones, y una vez decidido, espoleó a su montura. 


    —Me has salvado la vida. De manera que vamos a devolverle el favor tus camaradas —le susurró con suavidad—. Es lo correcto ¿No te parece?


    Hasta aquí llegamos en esta ocasión. La siguiente entrega está en proceso. Hoy os dejo con una canción dedicada al ideal caballeresco por excelencia: "The Round Table" de los Grave Digger. Me encantan esos primeros 50 segundos. Si os animáis, todos los temas de su disco "Excalibur" están inspirados en la leyenda artúrica.


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