(Ital el JDRHM) La Ciudad bajo la Ciudad 15: Uriah (La Casa de Daimiel)

    Muy buenas a todos.

    Volvemos a la carga con "La Batalla de los Marjales". Platón dejo escrito «Solo los muertos ven el final de la guerra.» Y así es, a los vivos no les queda otra que seguir luchando. 

Caballeros teutónicos a la carga. Arte propiedad de Italeri. 

    Iván sujetaba las riendas de su montura con firmeza. Adiestrado para la batalla desde que era un polluelo, Sangraal respondía de inmediato a las órdenes de su jinete. Con un batir de alas poderosas ascendió por encima de las nubes, fuera de la vista, para caer después en picado contra la sinuosa figura de su adversario.

    Este, por su parte, salvaje e indómito, luchaba a un tiempo, contra el brutal caudillo que surcaba los cielos montado en su lomo, y contra el noble grifo. Girando en espiral ascendía tras sus presas, entre las amenazas de su amo, que con todas sus fuerzas se aferraba a su cuello serpentino, y las burlas del escudo demoníaco que portaba a su espalda.

    Aún así, idéntico era el brillo carmesí que iluminaba los ojos tanto de la sierpe, como del caudillo. Tal que si una comunión de espíritus, o al menos de propósito, los uniese. Con un ágil quiebro esquivaron el ataque descendente de Sangraal, que se perdió rasgando las nubes con sus garras blindadas.

    En su dirección viró el Señor de la Horda, sin temor ahora a las poderosas armas naturales del grifo. Chasqueando sus fauces, babeando fuego líquido, descendió la sierpe alada, dispuesta a escupir su veneno incendiario sobre aquél humano insolente, en cuanto salieran de entre las nubes.

    Pero una vez dispusieron de una vista despejada, sus presas habían desaparecido. En su lugar, otro par de irritantes "zonrozaoz", con sus sucios encantamientos luminosos, cabalgando sobre águilas gigantes, sobrevolaban en círculos a la tribu de la hiena, acechando a su Gran Chamán, repeliendo a sus espíritus de sangre.

    Con regocijo malsano se disponía a descargar su veneno contra el más lento de ellos, cuando el penetrante graznido del grifo la distrajo y erró el disparo. 

    Al contacto con el aire, su bilis ardió, cayendo sobre los lanceros humanos. De poco sirvieron, ni sus grandes escudos, ni sus pesadas armaduras, frente al fuego líquido que caía del cielo. Como hormigas los vio correr y revolcarse en vano por el agua fangosa. Su venenosa saliva flotaba y así, aún más, las llamas extendían. Una brecha se abrió en el muro de escudos humano. Aullando como lobos cayeron sobre ellos los guerreros de la horda, aplastando y rajando la blanda y sabrosa carne.

    Todo esto presenció Iván sin poder evitarlo. Mientras un triunfante Sangraal hundía sus garras delanteras en la correosa carne de su rival. Con violencia se revolvió su presa, tratando de liberarse. Un tajo tras otro lanzó su jinete para impedir que el grifo descargarse con su pico un golpe letal. Ora su escudo, agora su martillo, interpuso el Rey para proteger a la noble bestia.

    A costa de retorcer sobre sí misma su serpentino cuerpo, logró la escamosa criatura lanzar una dentellada a los cuartos traseros de Sangraal, que del dolor liberó su presa.

    Era ahora su turno de forcejear para liberarse. Con furia lanzó picotazo tras picotazo, reforzados por el azghurr de sus arreos, contra el duro cráneo de la sierpe. Pero sin un agarre firme, sus ataques carecían de fuerza, hasta que alcanzo uno los reptilianos ojos de pupilas rasgadas.

    El rostro demoníaco pintado en el escudo guorz no dejaba de carcajearse, mientras ambas monturas y sus jinetes, enzarzados en pelea mortal, se precipitaban contra el suelo. Testadas sus respectivas fuerza y destreza, ambas fieras se destrabaron. Ahora habían probado sangre, la una y la otra, y volaban en círculos, cautelosas. 

    

    Bajo ellas, Uriah y Ambrose se habían impuesto sobre las sobrenaturales invocaciones del Gran Chaman. El combate había devenido eminentemente físico y la ventaja era los bendecidos por Tormo. Sin embargo, resistía con vigor el chaman los intentos de las águilas por atraparlo con sus garras. 

    Protegido por una coraza de amarillento hueso y equipado con maza y escudo, repelía los ataques lanzados por los paladines durante las pasadas de sus monturas. Fue en una de ellas, que Ambrose logró atrapar su arma con la cadena del mangual y obligarlo a soltarla, so pena de verse arrastrado con ella. 

    No esperó Uriah a que el forqz de colmilludo yelmo recuperase el equilibrio y esta vez no hizo una pasada como las anteriores. En su lugar, Espolón aleteó frente a su presa, manteniéndola a la defensiva, desequilibrada, en tanto que su jinete descargaba golpe tras golpe con su maza consagrada a los poderes del Libro.

    Pero Shirgadugluk, apodado el Mordedor, no había vivido, hasta sus segundos colmillos inferiores ver crecer, agachando la cabeza tras su escudo. De modo que se rehízo, y a falta de arma mejor, estampó su cabeza contra la del águila gigante, matándola sin remedio.

    Arrastrado por el cuerpo yerto, Uriah entró en pánico. Sin tino forcejeó con las trabillas que le mantenían asegurado a los arreos de su montura alada. La caída, de tres metros, podía no ser mortal. Pero los feroces guerreros que le recibirían si que lo eran. Si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir, debía liberarse. Sudando copiosamente, lo logró justo a tiempo. Todavía le prestó Espolón un último servicio, derribando a los forqzs que no se habían apartado lo suficiente y amortiguando el impacto contra el suelo enfangado de los marjales.

    Poco pudo celebrar el Gran Chamán su victoria. Sin darle tiempo siquiera a conjurar un reemplazo para su arma arrebatada, Acerada cayó sobre él, hincó las garras en sus hombros, y tomó altura. Con los ojos desorbitados Shirgadugluk sintió alejarse el tótem que amplificaba sus poderes. Sus brazos, los tendones dañados por la presa del águila, no le respondían. Indefenso como un recién nacido, sabiéndose condenado, perdió el control de su vejiga, antes de que Ambrose virase hacia De la Turbera, y lo dejase caer contra el risco. Donde los vítores de los asediados apagaron el ruido sordo de los huesos al romperse y astillarse.

    Tras aquél último lance, las reservas espirituales del veterano paladín llegaron a su inevitable final. Siempre fue en el plano físico en el que descollaba Ambrose con su corpulencia y bonhomía.

    

    Lamentablemente, la desaparición del firmamento de la divina luz de los elegidos de Tormo, debilitó la confianza en la victoria de las castigadas tropas del reino. Aquí y allá, se veían retroceder estandartes. Anteponiendo su seguridad a la causa común, nobles pequeños y grandes se retiraban junto a sus guardaespaldas. Desde su posición, no podían ver cómo él tótem del buitre era derribado y hecho leña por los victoriosos mercenarios khavil. Ignoraban que, con su falta de compromiso, estaban echando por tierra el empeño y los sacrificios con que dancos y elfos habían derrotado de nuevo a los restos de la segunda oleada. Con la victoria al alcance de la mano, cedían el campo de batalla a sus enemigos.

    En cambio, en medio de lo más enconado de la batalla, el estandarte de campo amarillo y blasón negro del margrave Daimiel se negaba a retroceder. El Viejo había comprometido su fortuna en aquella empresa, y el futuro de su linaje en franca alianza con la casa real. Había hecho uso de todos sus contactos e influencia, hasta conseguir que su único hijo y heredero ingresará en la Orden de Tormo, primero, y que, pese a carecer de dones divinos, se formará con el maestre Fyodor, al igual que el Rey, después. Solo había un escenario posible para su casa, y pasaba por la victoria a cualquier precio.


    —¡Ni un paso atrás! —clamaba con la garganta en carne viva, blandiendo su montante con más vigor que soldados veinte años más jóvenes.


    Los guorzs, por su parte, decididos a aplastar toda oposición, redoblaron los ataques contra los «zonrozaoz del pollo negro» que empecinados, frenaban su avance.

    Una primera vez se tambaleó el estandarte del margrave. Su portador se arrodilló, sujetándose moribundo las entrañas, antes de ceder la enseña a un camarada y caer de bruces contra el lodo. Una segunda vez, fue un guerrero particularmente grande y brutal, el que fijó su mirada en ella. Iba armado con un arma traída del lejano Quanor, larga y pesada, una suerte de cilindro hexagonal cuajado de remaches. Empuñada a dos manos y esgrimida con la fuerza de un demonio, ninguna armadura protegía de sus golpes. A su paso furibundo, los soldados del margrave caían con los huesos rotos: costillas, brazos y piernas por igual. Eran sus gritos de dolor horribles de oír. 

    Ni siquiera los escoltas de Daimiel se atrevieron a salirle al paso cuando aplastó, con desprecio, la cabeza al tembloroso portaestandarte, y arrebató la enseña a su cadáver. Tuvo que ser el propio margrave el que diera el paso al frente, seguido por sus reluctantes guardaespaldas, con intención de recuperarla.


    A lo lejos, su hijo, que capitaneaba la victoriosa caballería del reino, vio caer el estandarte familiar cuando ya acudía a socorrer al sufrido yunque aliado. Con el corazón en un puño, desestimando toda prudencia, dado lo irregular del terreno, ordenó cargar.

    Fue una carga precipitada y desordenada. Aquí, los guerreros forqzs fueron cogidos por sorpresa. Allá, les dio tiempo a volverse y formar un rudimentario cuadro. La confusión se adueñó de los combatientes. Desechas las formaciones, todos luchaban desesperados por sus vidas, cuando en su cabalgata homicida, el joven Daimiel y sus caballeros penetraron hasta el corazón de la fuerza tribal. La alzada de sus briosas monturas les confería ventaja. Los caballos echaban espuma por la boca y coceaban a cuantos se interponían en su camino. Rotas sus lanzas tras las repetidas embestidas, con espadas, mazas y hachas, salpicaban de oscura sangre sus bardas y escudos. Allí, donde un caballo y su caballero eran derribados, con fruición llovían los golpes de alfanjes y cimitarras guorzs. La locura y el frenesí se habían impuesto. Era matar o morir. 

    En medio del tumulto, un caballero desconocido cortó el entramado de sogas que mantenía erguido el tótem del jaburí. Su hazaña le costó la vida, una vez descabalgado, fue descuartizado. Pero eso no impidió que la abominable efigie se desplomase sobre sus portadores, terminando de desgastar el ímpetu de los guerreros tribales.. 

    Ante aquella visión, los nobles que habían avergonzado a sus apellidos retrocediendo, encontraron los redaños perdidos, y regresaron al combate con sus espaderos, decantando así la balanza de parte de los hombres del reino.

    Pero para el viejo Daimiel llegaban tarde. La enseña amarilla del águila negra ya no ondeaba orgullosa al viento. Cuentan, que encontraron su cuerpo rodeado de los de su guardia. Montantes y mandobles quebrados. Armaduras abolladas. Piernas  y brazos, algunos rotos, otros arrancados de cuajo. Dicen, que sus manos yertas aferraban con tal fuerza la enseña familiar, que, por no ultrajar su cadáver, con ella lo retiraron del campo de batalla, y con ella le dieron digna sepultura.

    Del terrible guerrero forqz que tamaña proeza llevó a cabo, empero, no se supo más. Muerto su chamán, derrotada su tribu, y cobrada su venganza en vidas humanas, sin duda regresó junto al Gran Rojo, al otro lado de las montañas. Y mejor que no regrese.

    Hasta aquí la entrega de hoy. Pronto más. Entre tanto, os dejo con Emboque, un grupo de mi Cantabria natal, versionando "Master of the Wind" de los Manowar.

     Gracias por estar al otro lado.

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