(Ital el JDRHM) Caminos Separados 22: Drinlar y Adrastos

     

    

    Sentada en cuclillas, descerrajada la cerradura, Drinlar se tomó un respiro, después, asiendo con fuerza la pesada tapa, sonrió triunfante y abrió el pesado arcón. Caethdal, curioso como era, miraba por encima de sus hombros, expectante.

    —¡Oh! —exclamó ella, descubriendo su cabeza para secarse el sudor de la frente.

    —No es mala cosa —dijo él, al tiempo que metía la mano en el arcón, sacaba un voluminoso cartulario, ojeaba las vistosas y coloridas ilustraciones, trazadas con la primorosa delicadeza del que ha dedicado décadas de su vida a tan bello arte, y lo depositaba en la pila para tomar otro—. Pero no sé si podremos cargar con todo esto.

    —Tal vez no haga falta —comentó ella sin dejar de mover el contenido de un lado para otro. Un par de tomos habían acabado ya en su mochila, los últimos diarios de a bordo de su llorado amigo. Una secreta sospecha había arraigado en su despierta imaginación, tal vez en ellos hallara la confirmación a sus temores.

    En un momento dado, su frenético registro dio fruto. Allí estaba, sepultada bajo otros libros, pues, en efecto, el arcón contenía sobre todo libros: náuticos, astronómicos, geográficos, de zoología, de botánica y de viajes, todos ellos manuscritos sobre blanquísima vitela, encuadernados en suave cuero, los cantos protegidos con plata repujada y las letras doradas con pan de oro, cualquiera de ellos valía una fortuna, la colección completa podría hacer a un hombre rico de por vida; una caja de fragante madera de cedro pulida y barnizada, con una brillante piedra de elegía, tallada con forma de lágrima, engastada en cada costado, cada una protegiendo su contenido de un espectro mágico diferente, que, por sí sola, valía más que todos ellos juntos. Y si conservaba su contenido...

    —¿Será posible? —musitó, casi con reverencia el mago, los almendrados ojos abiertos con asombro

    —Mas tarde lo comprobaremos —contestó ella introduciendo la preciosa caja en su mochila y poniéndose en pie—, aquí hemos terminado.

    —¿Y el resto? —disgustado, protestó él.

    —Déjalos, no es prioritario —tajante, se puso en pie, para salir a cubierta.

    —¡Llama a Selid! —insistió con vehemencia, cortándole el paso—, entre los tres…

    Entonces si lo oyeron, rompiendo el murmullo de las olas, el ruido de zambullidas y chapoteos en torno al navío.

    Mientras tanto, en la bodega de carga, el intrépido venagozariano caminaba veloz y decidido. A los lados, colgaban de robustas argollas las crueles cadenas, en el suelo, clavadas al entramado de cuadernas, reposaban vacías todavía más. En un costado, apilados de cualquier manera, se veían barreños como aquellos en los que se vierte el alimento a los animales. Selid entrecerró los ojos, conteniendo la rabia que ardía en su pecho, apretó la empuñadura de su cimitarra hasta que los nudillos perdieron su color y se acercó a unos grandes cajones que impedían ver el fondo de la bodega. Tanteó su peso con la mano libre, costaría moverlos, pero se podía hacer. Pensando si merecería la pena demorarse en dicha labor, o no, estaba, cuando unos cuchicheos llegaron a sus oídos. Ni una palabra le resultó inteligible, pero sí el miedo y la urgencia que trasmitían, el idioma universal de los sometidos. Aquello solventó sus dudas, envainó su arma, y con ambas manos apoyadas en las mercancías, flexionó las rodillas, empujó con todo el cuerpo y despejó el paso.

    Antes de que ningún otro percibiera la amenaza que se cernía sobre ellos, Adrastos, habituado, tras toda una vida en alta mar, al caprichoso comportamiento de los sonidos en el agua, se incorporó en el bote, haciendo señas a Szim para que guardara silencio y escuchará.

    —¿Zambullidas? —susurró el elfo, sin comprender.

    A lo que el viejo capitán contestó no nuevos gestos de silencio, indicando esta vez que se sentase y tuviera listas sus armas, igual que estaba haciendo él, que tras embrazar su escudo redondo, empuñaba con seguridad su Maza de cabeza de ibis.

    —¿No serán delfines? —se encogió de hombros Szim, arrodillado en medio del bote, su bastón tallado posado sobre su regazo.

    —Compruébalo tu mismo —murmuró el tahossiano con un brillo peligroso en la mirada y una sonrisa torcida medio oculta bajo su espeso mostacho.

    Con toda la experiencia acumulada en su larga y azarosa vida, su compañero estaba fuera de su elemento. Fuera en alta mar, en costas desconocidas, en cubiertas azotadas por la tempestad o en bahías civilizadas como ésta, no había criterio que hiciera dudar a Adrastos de su juicio: la inhumana tripulación regresaba a «El Atrevido».

    Szim, por su parte, recogió el guante de su desafío, cerró sus almendrados ojos ambarinos, inspiró profundamente y se concentró en la vida que los rodeaba. Desvío su atención de las rapaces nocturnas que sobrevolaban costas y naves, sus enormes ojos atentos al menor movimiento que delatara a sus presas, y la envió a la superficie acuosa que los rodeaba. Allí, cada superficie sólida, desde los cascos de los navíos, a los arrecifes de la costa, pasando por el irregular fondo rocoso, era un asidero al que la vida se aferraba, un refugio donde medrar y un caladero donde alimentarse…

    Pero no en esta bahía, no esta noche. En torno al barco del capitán Philos se percibía una zona de exclusión, un vacío como el que los grandes depredadores provocan en torno suyo, obligados a viajar a kilómetros de distancia para alimentarse, pues apenas son conscientes de su presencia, tanto presas, como rivales menores huyen de su alcance. El osrhan frunció el ceño, gotas de sudor perlaban su frente, su férrea voluntad guiaba su concentración, buscó en lo profundo, en el centro del desierto sin vida en que la bahía, contra todo pronóstico, se había tornado, bajo el navío, bajo el bote, junto al ancla, entre las rocas, ahíta, enroscada, a la espera, durmiendo… con un enorme ojo de serpiente, anciano y maligno, entreabierto.

    Eso fue lo más lejos que la prudencia le aconsejó descender, movido por la urgencia, Szim volvió en sí.

    —Estamos en peligro —entre dientes murmuró.

   —Claro, claro que si —con toda naturalidad contestó Adrastos, señalando cuatro estelas de espuma a estribor—. Por ahí vienen.

    —No me refiero a ésos —abriendo mucho los ojos, replicó, asiendo con ambas manos su bastón.

    —Vaya, vaya, cualquiera diría que te has puesto pálido, si es que eso es posible entre los tuyos —fijándose mejor en su compañero, comentó, al tiempo que giraba hombros y cintura y flexionaba codos y rodillas.

    —Tenemos a la sangre de Thalis bajo nuestros pies.

    Declaración ante la cual, fue el turno de Adrastos de quedarse inmóvil y sin palabras, pero ya tenían encima a los primeros atacantes, no era momento de dudar. Movió a un lado y a otro su grueso cuello, que soltó un chasquido de protesta y preguntó:

    —¿Y cómo de antigua es esa sangre?

    Su voz sonó fría, desapasionada, la propia de un profesional en medio de una jornada cualquiera, desprovista de la jovialidad del obsequioso tabernero que compartió con ellos mesa y mantel.

    —No mucho. Puede que sea más bestia que dios.

    —Bien, bien, tenemos que ganar tiempo para esos tres. ¿Puedes repetir el truco de las ratas?

    —No, su presencia a ahuyentado a la fauna local.

    —Eso lo explica, si, eso explica los precios del pescado esta semana —bromeó con estudiado descuido Adrastos.

    Pillado a contrapié, Szim quiso pedir que se explicara, pero una sacudida del bote se lo impidió. En vez de atacarlos directamente, los recién llegados se habían sumergido y golpeaban el casco de la pequeña embarcación, impulsándose con ambos pies, zarandeando a sus ocupantes.

    —Van a acabar llamando la atención de la vecina de abajo —suspiró el tahossiano como si no fuese gran cosa.

    —Tal vez pueda hacer algo al respecto —aventuró Szim, no le gustaba la situación en que se encontraba, sin una salida clara—, o tal vez la despierte del todo.

    —Adelante, adelante, tú haz lo tuyo, que este «viejo y gordo humano», como me llamó ese mozalbete de Caethdal —dijo guiñándole un ojo—, sabe cómo sacaros a todos de esta.

    Así, se colocaron de pie en medio del bote, uno a cada lado del mástil central, cubriéndose las espaldas mutuamente. El uno extrayendo la magia imbuida en su bastón, verdes runas brillando, enfocándola en la gigantesca criatura del fondo marino, endulzando sus sueños, alejando de sus sentidos el tumulto y las turbulencias de la superficie, potenciando su confort y su somnolencia. En tanto que el otro, ante unos contendientes que rehuían la lucha abierta y trataban de volcar o hundir su bote, invocó los ancestrales lazos de amistad y de amor que unieron a sus reyes y sacerdotes con las entidades que antaño gobernaban y mantenían vivos los poderes elementales del mundo, hoy desvaídos y descuidados. Manchó su aguzada maza con su propia sangre y la vertió en el mar como ofrenda antigua, canalizó a través suyo el poder de Istol, Señor de los Mares, y en torno a cada gota de sangre se formó un remolino de agua marina impulsada por una vibrante y azulada luz. Una luz a la que los desarmados channas no podían dañar, ni tocar siquiera, mientras que los vertiginosos remolinos vivientes si que cortaban, como sierras, su carne.

    Así despertó Adrastos a los elementales de Istol. Así mantuvo Szim dormida a la sangre de Thalis. Así contenían ambos la marea, mientras sus compañeros permanecían ajenos al peligro que corrían.

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