(Píldoras Literarias) "Argar, el hijo del demonio" de Andrés Díaz Sánchez.
Hola a todos un día más.
Hoy comparto con vosotros mi opinión sobre la antología elegida por Andrés Díaz Sánchez para presentarnos a su errante cazador de monstruos, brujos y demonios. Algo más de 250 páginas repartidas en nueve relatos de espada y brujería ejecutados con un marcado tono grimdark.
En cada uno de ellos, Andrés nos narra una aventura diferente, sin conexión entre sí, en la que su personaje, hijo de humana y demonio, ejerce lo mismo de mercenario que de bandido al más puro estilo de “La espada salvaje de Conan” y “Conan el bárbaro”.
Ese fue el gancho que me llevó a adquirir este ebook y doy fe de que cumple lo que promete. La influencia de Robert E. Howard y sus continuadores es más que evidente. Es muy fácil entrever en varios de los relatos la semilla plantada por historias como “La Torre del Elefante”, “El dios en la urna” y otras.
De hecho, me ha llamado mucho la atención el monstruo del último relato. Me ha recordado un número especial de “La espada salvaje de Conan” integrado por historias escritas y dibujadas por autores españoles, publicado el lejano 1998. No sé cuántos de quienes me leéis habréis tenido la oportunidad de tenerlo en vuestras manos como lo tuve yo.
Lamentablemente, para mí, su mayor virtud y reclamo ha constituido también su mayor defecto. Más allá de las habilidades propias del protagonista (curación acelerada y espada mágica), me temo que no ha conseguido marcar una diferencia clara con otras obras protagonizadas por cazadores de monstruos. Por ejemplo, el Kormak de William King, también comentado en este blog, pese a las confesadas influencias howardianas del autor, está mejor definido.
Peor aún, después de leer esta antología, tampoco tengo claro qué motiva al personaje. A Solomon Kane le mueven el celo religioso y la culpa. Al Johnny Blaze original, el deseo de librarse de la posesión del demonio Thanatos. En un principio, Spawn vendió su alma a cambio de volver con su esposa y, al verse engañado, fue la venganza lo que le dio un objetivo.
En estos relatos, Argar, en cambio, anda suelto por el mundo sin una motivación o conjunto de creencias que lo guíe, mientras vive una existencia sin aparente propósito. Además, es un misántropo solitario. “Un día seré rey”, decía Conan, y entre tanto lo veíamos liderar a otros. Es curioso que después de 250 páginas no tenga ni idea de cómo piensa o qué persigue su protagonista.
Otro aspecto que acerca a este Argar al Conan de Chuck Dixon y lo aleja del de Roy Thomas es la apuesta por el grimdark. Aquí no he encontrado esas reflexiones sobre la naturaleza humana o la sociedad que sí se aprecian en la obra original y en las adaptaciones de Roy Thomas. “La esclavitud persiste porque los esclavos no quieren ser libres, quieren ser amos” o “Estoy tomando de ejemplo al rey Numenides para mi tratado sobre la ingratitud como principio de gobierno”. La apuesta por el grimdark de Andrés borra ese tipo de inquietudes o aspiraciones del ser humano y nos reduce a poco más que una existencia animal. Acción, sangre, vísceras y escasa recompensa en un ciclo que solo parece ofrecer una muerte ignominiosa. Volver al barro, que decía Abercrombie, eso parece que es lo que me he encontrado.
En cuanto a la narrativa, considero que se desmarca de lo habitual. Hay momentos en que el texto no fluye de manera acompasada, en que el discurso cambia de tema de forma brusca. Igualmente, de vez en cuando me sorprendió encontrar palabras que no conocía (barbianes) o que destacaban por la expresividad y el poco uso literario que se les suele dar. En ese aspecto, partiendo de que ignoro la biografía del autor, su estilo me ha recordado más al de grandes narradores autodidactas, tal que David Gemmell o Sven Hassel, que al de autores más académicos. También es cierto que encuentro refrescante el cambio de registro, y por eso mismo me he comprado también “Escalanda”, el libro segundo de la serie, en el que narra el origen del personaje, del que os hablaré otro día.
Y esto es todo por hoy. Me despido con los Beast in Black y su “Enter the Bethelit”:
Nos leemos.








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