(Ital el JDRHM) Criaturas y Leyendas 10. De tracos, seros y vagas. Parte 17.
Hola a todos.
El caso es que esta tarde he quedado para entregar un ejemplar dedicado de mi novela "El manto de la noche" y, para no acostarme y quedarme dormido (trabajar de noche es lo que tiene), he decidido publicar antes de lo que tenía pensado la continuación de las aventuras de Sebas y sus amigos.
Quería esperar a tener más sustancia que ofrecer. Tengo otras dos entradas de similar extensión ya escritas. Sin embargo, ya os he comentado alguna vez que no saco más que 400 palabras limpias por hora. Brújula, procrastinador, perfeccionista y sobrepensador. Estoy apañado, amigos míos.
"En la memoria de Sebas, el trayecto hasta la cabaña dejó un recuerdo confuso. Las anchas espaldas del montañés ocupando su visión, los incesantes ladridos de la feliz jauría, el eufórico parloteo de Nin narrando sus aventuras, el hablar pausado de Charles contando el tremendo susto causado por su desaparición y la calidez del abrazo de Flo que no se separaba de él se entremezclaban en un irreal duermevela mientras combatía la fatiga y se obligaba a caminar.
No tardaron en llegar a su destino. Un rústico refugio de pastores levantado y mantenido por gentes curtidas bajo el frío y la lluvia. Con manos ásperas habían ido encajando piedra tras piedra para levantar sus muros. La techumbre de madera cubierta de musgo estaba pidiendo a gritos cuidados que ya no llegarían hasta la primavera. Allí los esperaban los hermanos pequeños de Charles. Mucho abrieron los ojos al ver llegar a los medianos. De un salto abandonaron el fuego que se encargaban de alimentar y corrieron para abrazar a los recién llegados.
—¡Vale ya, mocosos, apartarsus! —los fustigó el vivaracho montañés con su lengua afilada—. ¡Dejad el fuego libre!
Tampoco es que le hiciera mucha falta insistir. Pocos había que impidiesen el paso al gigante de su compañero y menos todavía cuando asomaba a sus ojos esa mirada cupa que ahora le dedicaba al pequeño bulto que acunaba entre sus brazos fornidos. Un débil gimoteo se adivinaba entre la algarabía de preguntas, respuestas y ladridos que llegaban de fuera.
—Va a hacer falta coser —dijo Mendo con voz grave sin soltar el cuerpecillo negro y marrón pese a las súplicas de Sebas.
—Eso ya lo sé —resopló Espinosa, quien estaba corriendo una laja de arenisca para dejar al descubierto el hueco en que tenían guardadas sus pertenencias—, pero primero hay que limpiar mejor esas heridas. Dale el perruco al muchacho y pon el aguardiente en el fuego.
A regañadientes, el grandullón se arrodilló y con sumo cuidado depositó a Duende en brazos de su dueño. El perrito, al reconocer el olor familiar, movió la cola sin apenas energía. Sebas se sentó en el suelo y, entre lágrimas, miró alrededor. En contra de lo que esperaba, el interior de la cabaña estaba limpio y recogido. En la pared opuesta al hogar se veía una ordenada hilera de maderos puestos a secar. A su sombra se tumbaron los dos mastines sin que sus amos se lo ordenasen. El interior olía a humo, madera, perro mojado, sudor y cuero viejo, pero no a abandono. La presencia allí de ambos furtivos distaba de ser una casualidad.
Obediente, Sebas se arrodilló junto al cálido hogar y aflojó las vendas ensangrentadas. Duende protestó con un ladrido lastimero. El montañés cotrahecho mojó un trapo en el orujo tibio y limpió con cuidado el desgarro provocado por la mordedura del lobo. Sebas consoló a su mascota mientras la sujetaba. El perrito temblaba lo mismo de dolor que de miedo. Con ojo experto, Espinosa enhebró una aguja de hueso y procedió a remendar la herida. La costura de tripa de oveja ayudaría a cicatrizar. Para evitar que el animalillo se rascase, no olvidó añadir un emplasto de miel silvestre y vendar de nuevo con firmeza el costado del valiente perrito.
Ya estaban dejando descansar a Duende hecho una bola sobre una estera de esparto, mientras Espinosa y su compañero apuraban los restos del orujo, cuando Flo y Nin se aventuraron al interior de la cabaña. Traían unos cuencos humeantes de sopa de ajo. Tampoco afuera habían estado ociosos. Era tiempo de calentar el buche y refugiarse todos bajo el mismo techo. Flo no dudó en apretujarse junto a Sebas, tomados de la mano. Detrás entraron Charles y sus bulliciosos amigos, perros incluidos. Pronto no quedó un palmo de suelo libre. Nin, por su parte, buscó la compañía de los furtivos. El inquieto mediano pensó que sin duda conocían mejor que nadie los bosques y montañas que lo separaban de las doradas playas de Venyagozar. Y en efecto, así era. Aunque no fue por gusto que habían terminado llevando esa vida azarosa y desarraigada.
Las mismas guerras que habían desbaratado las tradicionales rutas comerciales entre los continentes de Alrus e Itnor habían impulsado a numerosas familias a probar fortuna lejos de las costas del Mar Interior. Al principio fue un goteo inofensivo. Granjas y caseríos aislados en lo alto de riscos y colinas. La convivencia con los pueblos ganaderos trashumantes que habitaban esas mismas tierras fue de sencilla colaboración. Los unos conocían el lugar y su fauna. Los otros traían semillas y artesanías nuevas. No tardaron en entenderse y colaborar. Sin embargo, el éxito temprano de los primeros colonos atrajo un número cada vez mayor de agricultores. La presión sobre los pastos comunales y los incendios provocados para despejar áreas mayores de bosque dieron lugar a los primeros conflictos entre los dancos y los colonos celebtir. Jóvenes guerreros asaltaron granjas y molinos. Los recién llegados pidieron ayuda al nuevo centro de poder erigido en Malvan. Curtidos veteranos de sus guerras civiles y contra la meridional Khenma, acudieron en su ayuda, trazaron calzadas y fundaron ciudades amuralladas. Los dancos no entendieron esa forma de lucha por el territorio. Sus bandas de guerreros se estrellaron una y otra vez contra los apretados escudos de los soldados celebtir. Sus bosques sagrados ardieron. Sus megalitos fueron sepultados bajo los templos de mármol de los invasores. Entre pactos e imposiciones, muchos aprendieron a vivir bajo la ley del Libro. Otros, en cambio, se refugiaron allí donde los poderes de la Balanza seguían protegiendo la naturaleza salvaje, esperando la oportunidad de recuperar lo que un día fue suyo. Entre tanto, estos últimos recorrían la tierra sin respetar más ley o frontera que la fuerza de sus brazos.
Tal era el caso de los dos montañeses y sus mastines. Ellos se habían autoimpuesto la misión de recorrer los viejos senderos de sus antepasados. Vigilaban que los lugares sagrados se respetasen. No en vano, en el pasado, guerreros y druidas dancos habían confrontado y apresado espíritus corruptores vinculados a la Espada y a los Cometas. Mucho era lo que los recién llegados desconocían de la tierra que con necio orgullo reclamaban como suya. Igual que Sebas ignoraba hasta unos días antes la faceta oscura del mundo onírico. Aunque poco importaba ya, pues al despertar, sus recuerdos y los de sus compañeros se mezclaron y embarraron, de tal manera que de su periplo, una vez abandonaron la Colina de los Hongos, tan solo les quedó la imagen borrosa de un pozo de aguas estancadas coronado por un ominoso obelisco de obsidiana. En reescribir memorias consistía precisamente la magia de Lardar. Para evitar su olvido, en lajas de roca azul grababan los dancos sus advertencias. Aun así, no fue hasta que Shorin Othaindoun y Fian Bakurdoun cruzaron sus destinos que el recuerdo de esta y muchas otras historias acaecidas en aquellos tiempos lejanos se liberó de su hechizo. Pero esa es una historia que se debe contar en otro lugar."
Y hasta aquí llegamos por hoy. Este mes toca hablar de mis libros, igual que si fuese Paco Umbral. Y si me aburro también del "mineralismo". Os dejo en compañía de los Stratovarius y su "Survive":
Nos leemos.



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