(Píldoras Literarias) "Los cosacos" y "Sebastopol" de León Tolstói.
Hola otra vez.
El caso es que, después de una serie de lecturas que por A o por B no me terminaron de satisfacer, volví la atención hacia una de mis asignaturas pendientes: la literatura rusa.
Vaya por delante que los clásicos rusos me resultan intimidantes, tanto por tono, como por extensión. De manera que decidí empezar por algo sencillo. Estas obras son tan breves que se suelen publicar juntas, aunque pienso que ese no es el único motivo; más bien creo que se debe a que juntas dan una imagen más completa de la vida militar: en la paz (relativa) y en la guerra.
En “Los cosacos” tenemos por protagonista a un joven aristócrata de la Rusia zarista que no sabe muy bien qué hacer con su vida. Cansado de perder tiempo y dinero entre la artificiosa sociedad moscovita, se alista en el ejército del zar y marcha al Cáucaso. Una vez allí, tierra de frontera y continuas correrías entre cosacos, soldados rusos e irreductibles montañeses, trabará amistad con un viejo y solitario cazador que lo tomará como pupilo.
Con esta premisa de inicio, Tolstói nos describe el día a día de una pequeña localidad fronteriza donde la vida de los hombres se centra en el servicio militar, la caza y el robo de ganado, mientras las mujeres se ocupan de la casa, de las labores del campo y de todo lo demás.
Entiendo que su intención es contraponer una existencia a su modo de ver más sana y natural a la disoluta vida de la alta sociedad. El tan querido tema decimonónico de la barbarie VS la civilización desarrollado por tantos otros autores, aplicado en esta ocasión al binomio rural/urbano. Sin embargo, su personaje, elegido en base al lector objetivo de su época (joven aristócrata o miembro de una incipiente burguesía enriquecida), en ningún momento llega a quemar sus barcos: conserva sus contactos (aunque marque las distancias con ellos y sus actividades), mantiene un criado, recibe el rango de alférez automáticamente y se regala una suerte de vacaciones pagadas por el Estado, entregado a la caza y el dolce fare niente. No obstante, sin conflicto no hay historia, y en este caso surgirá de la rivalidad por el amor de una mujer y por un feudo de sangre entre los cosacos y los montañeses que precipitará los acontecimientos.
Vaya por delante que no era lo que me esperaba. Aun así, me ha gustado mucho la manera en que describe la vida cotidiana en la agreste frontera, los peligros de la fauna y la mala vecindad. Igual que la imprescindible labor de las mujeres en el ámbito rural (“Si te casas con un enterrador, ya te veo agarrando huesos”, decía mi abuela de Valderredible).
A continuación, he visto que a su “Los cosacos” suele acompañarle “Sebastopol”. Una obra más breve todavía que viene a ser una crónica del asedio napoleónico a las posiciones rusas. Este relato de temática bélica me ha gustado mucho más. La misma precisión, amor por el detalle y agudo retrato psicológico de que hace gala en “Los cosacos” lo encontramos aquí aplicado a lo más crudo de la guerra. En este caso acompañaremos a los soldados rusos sometidos a dicho monstruo devorador de vidas y esperanzas. A lo largo del asedio presenciaremos lo mismo actos de heroísmo y sacrificio, que el desgaste de la moral en la tropa y su más negra desesperación.
Entiendo este “Sebastopol” como un homenaje al sufrido pueblo ruso, capaz, aunque derrotado y perdido el terreno, de conservar intacto su espíritu de lucha. Además, esta lectura ha despertado en mí diversos recuerdos de otras referencias culturales. La más evidente es la película de Woody Allen “La última noche de Boris Grushenko”, pero también a Manolo García cantando aquello de: “muchos han muerto/otros muchos morirán” en su soldado Adrián. Incluso los fans de "One Piece", si escarban en los datos biográficos del autor, pueden encontrar ciertos paralelismos con lo narrado sobre los padres de Donquixote Doflamingo.
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Eso sí, ya me ha ocurrido más veces que me apetece leer un clásico de la literatura, lo busco en Amazon en digital y me encuentro ediciones deplorables, con erratas, sin guiones largos, sin los signos iniciales de interrogación y exclamación… Supongo que, al ser obras libres de derechos, han utilizado alguna de las numerosas herramientas de traducción hoy disponibles con resultados deficientes. A ver si la próxima vez me ahorro el disgusto y voy directo a Elejandria o Ebiblio de primeras a buscarlos.
Y esto es todo por hoy. La canción del Último de la Fila, creo recordar que ya la he compartido por aquí. Lo mismo que alguna otra de Iron Maiden o Sabaton que habrían venido a cuento. Así que me despido con “Ángel exterminador” de Jorge Ilegal en colaboración con Enrique Bunbury:
Nos leemos.





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