(Píldoras Literarias) "León el Africano" de Amin Maalouf.

 

Hola de nuevo.

Aquí regreso con otra obra del escritor francolibanés Amin Maalouf. En esta ocasión visitamos las turbulentas postrimerías del siglo XV y los sangrientos primeros pasos del XVI.


«Hechos consignados en el día de hoy, anteúltimo del mes de rabí al-awwal del año 917, que corresponde al miércoles 26 de junio del año de Cristo de 1511. »

Traen al campo los cadáveres de los trescientos mártires caídos ante Tánger. Para huir de tal espectáculo que me destroza el corazón, me dirijo a la tienda del soberano, al que encuentro conferenciando con el guardián del real sello. Al verme, el monarca me hace señas de que me aproxime. 

“¡Oye –me dice– lo que nuestro canciller piensa del día de hoy!”. 

Éste explica en mi honor: “Decía a nuestro señor que lo que acaba de acontecer no es tan mala cosa, pues hemos mostrado a los musulmanes nuestro ardor en la guerra santa, sin que los portugueses se sientan lo bastante dañados para buscar venganza”. 

Muevo la cabeza como si aceptara su punto de vista, antes de preguntar: “¿Y los muertos, es cierto que se cuentan por cientos?”. 

Notando una entonación crítica o irónica, el canciller calla, pero es el propio soberano el que toma el relevo: “¡No hay entre los muertos más que un pequeño número de soldados de caballería. Los demás sólo son soldados de infantería, pelagatos, rústicos, inútiles de los que hay cientos de miles en mi reino, muchos más de los que nunca podré poner en pie de guerra!”. Su tono vacila entre la despreocupación y la jovialidad. 

Con un pretexto cualquiera, me despido y salgo de la tienda. Fuera, al resplandor de una antorcha, están reunidos unos soldados en torno a un cadáver que acaban de traer. Al verme salir, se me acerca un viejo combatiente de barba rojiza: “Dile al sultán que no llore a los muertos pues tienen asegurada la recompensa en el día del Juicio”. Le corren las lágrimas, se le quiebra la voz de repente: “¡Mi hijo mayor acaba de morir y yo estoy dispuesto a seguirlo al Paraíso en cuanto mi señor me lo ordene!”. Se aferra a mis mangas y sus manos crispadas por la desesperación dicen algo muy diferente de lo que dicen sus labios. 

Un guardia viene a advertir al soldado de que no importune al consejero del sultán; el anciano se esfuma entre gemidos. Vuelvo a mi tienda.»


En este viaje novelado nos sirve de guía el personaje histórico de León el Africano. Nacido en Granada poco antes de su conquista, comerciante, poeta, erudito y diplomático, recorremos junto a él Granada, Fez, Tombuctú, el Cairo, Constantinopla y Roma. 

A lo largo de su vida presenciaremos pavorosos incendios, violentos saqueos e inmisericordes matanzas, a la par que muestras de espléndida generosidad y desbordante gratitud. Escenas salpicadas aquí y allá por reflexiones del autor atribuidas a uno u otro personaje.


“–Si no me estuviera escuchando el jefe de la Iglesia, diría que la religión les predica a los hombres la humildad, pero que ella no la posee en absoluto. Diría que todas las religiones han dado santos y asesinos, con la misma tranquilidad de conciencia. Y que en la vida de esta ciudad se dan años Clementes y años Adrianos y que la religión no permite quedarse con unos o con otros.”


No descartemos esta idea a la ligera; es más, si sustituimos religión por ideología, pienso que la podemos aplicar igual.


Ahora bien, no considero que esta obra sirva “para comprender la situación actual”, como he leído en algunos sitios. Es cierto que se menciona la expansión castellana y portuguesa, pero pienso que su “Samarcanda” está mucho más cercana a nuestro atribulado presente. En lo que sí he visto que muchos coincidimos es en resaltar esta reflexión final sobre la propia identidad de cada uno:


“Estés donde estés, querrán hurgar en tu piel y en tus plegarias. ¡Guárdate de halagar sus instintos, hijo mío, y guárdate de doblegarte a la muchedumbre! Musulmán, judío o cristiano, que te tomen como eres o que prescindan de ti. Cuando la mente de los hombres te parezca estrecha, piensa que la tierra de Dios es ancha y anchos Sus manos y Su corazón. No vaciles nunca en alejarte allende todos los mares, allende todas las fronteras, todas las patrias, todas las creencias.” 


Os confieso que me habría gustado haber leído a este autor mucho antes y considero enriquecedora la lectura de sus obras. Me despido con U2 y su tema para la banda sonora de la película “Gangs of New York”:



Paz para todos. 

Nos leemos.


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